Las abejas del faraón. Relato corto.

En su edición de 2014, participé en el I Concurso de relatos Apicultura Ibérica (enlace) y como es habitual, lo único que conseguí fue una palmadita en la espalda, virtual encima. Comparto aquí el texto participante, se trata de un pequeño cuento. Dado que estaba destinado principalmente al consumo de apicultores, tiene algunos detalles técnicos que espero no corten el ritmo ni estorben. 

Con el tono de una recreación pseudohistórica, relata un supuesto episodio del comienzo del reinado del faraón Ramsés II, hace 3.300 años. Llamado El Grande, buena parte de lo que uno recuerda de Egipto del Imperio Nuevo lo hizo él. La batalla de Kadesh, el templo de Abu Simbel, Las campañas en Asia, Libia...

Ojalá os guste y lo disfrutéis tanto leyéndolo como lo he hecho yo con su escritura; hice una somera investigación sobre la actividad apícola en el Egipto de los faraones y se me abrió todo un caudal de información muy interesante -como no podría ser de otra manera en todo lo relacionado con aquella parte de la historia de la humanidad- sobre el uso que hacían de los productos de las abejas, ya hace más de tres mil años.
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LAS ABEJAS DEL FARAÓN

Akil acerca cuidadosamente la brasa a la antorcha de papiros secos. Al contacto con el tizón ardiente, empiezan a arder. Los deja en una cazoleta de barro y coloca encima un puñado de hojas verdes. Enseguida, un humo azulado le envuelve. Se acerca con esa fuente de humo a la pila de cilindros de barro dispuestos horizontalmente, colocándose por el lado en el que están cerrados. Como si fueran las celdas de un gran panal, sus bocas forman una malla de la altura de un hombre y un largo de diez pasos; cada cilindro tiene el diámetro de un codo y la longitud de un brazo. Están cerrados por el lado de la sombra y abiertos por el lado del sol. Dentro de cada uno, hay una colonia de abejas. El zumbido que producen todas estas comunidades crea un sonido continuo, grave y monocorde. A la distancia de un tiro de flecha está la orilla del río Nilo, que fluye mansamente hacia la cercana desembocadura en el mar. Se encuentran en el centro del fértil delta que alumbró una civilización de tres milenios.



El abejeo que le rodea baja el tono. Los insectos a la señal del humo se concentran en sus panales dentro de los cilindros. El joven retira el sello de barro posterior de una de las colmenas que tiene marcadas con pintura blanca. Las abejas están tranquilas y faenando en lo suyo. Con una gran sonrisa que abarca todo su rostro moreno, retira uno de los panales que les había dejado la semana pasada, cogido de otra colmena y apenas iniciado. Contempla satisfecho que a pesar de no ser de esa colonia, las abejas lo han adoptado perfectamente y han estirado las celdas e incluso ya más de la mitad de los pequeños depósitos hexagonales están cargados de miel, aún muy líquida, esperando a ser rellenadas del todo y con menos humedad para cerrarlas con el opérculo de cera. Solamente falta que madure y sea apta para el consumo del templo del Faraón.



Akil corre alejándose del colmenar y llega hasta donde se encuentra un hombre sentado a la sombra de una palmera, ajeno a los manejos del joven. Su piel comprime la escasa carne que rodea sus huesos como una funda de cuero. Aunque sus ojos están ciegos, permanecen abiertos en una mirada lechosa que pocos podrían mantener sin estremecerse. La boca, como siempre, se curva en una mueca severa.



  -Maestro Abasi, ¡Como le dije, lo han hecho! ¡Han utilizado el panal vacío de otra colmena como si fuera propio! Si fuéramos capaces de impregnar cera en una hoja de papiro dibujando en ella las celdas, estoy seguro de que las abejas la utilizarían y así obtendríamos panales rectos y del tamaño que quisiéramos, en lugar de mazacotes irregulares y torcidos que sacamos ahora. Habría que tener cilindros más largos para que una vez que llegue la primera inundación pusiéramos esos panales nuevos que estirarían solo con miel y cera; luego del estío, en la época de la cosecha, quitaríamos unicamente estos panales dejando intactos los que usan ellas para criar.



-Esas novedades tuyas te van a llevar a un mal camino, pequeño Akil. A las abejas no les gustan los inventos. Ya estaban aquí antes de que ningún hombre pisara el santo barro húmedo del Nilo. Estarán aquí después de que tú y yo nos vayamos con la corriente, y también después de que el último hombre se despida del río. ¿A qué viene importunarlas con nuevos procedimientos? Humo, quitarles cera, ponérsela… ¿Adónde quieres llegar? Ya te dije que a la primera queja que reciba del templo sobre la miel, el própolis o la cera que les proporcionamos te haré apalear hasta que no te quede un hueso sano.



-Maestro Abasi, no pensé que tratarías peor a tus ayudantes que a las abejas del faraón.



El viejo ciego se gira hacia la voz y se dobla sorprendentemente ágil en una reverencia que le hace rozar la frente con el suelo.



-Heredero Ramsés, hijo de Seti, las pequeñas Lágrimas del Sol son sabias y buenas, felices dotando de miel, cera y própolis al faraón y a su templo. En cambio, este pequeño insolente no hace más que fastidiarme.



-Por hoy ya vale, maestro. Desaparece de mi vista.



Abasi no rechista ni en su ademán se adivina ninguna otra cosa que no sea sumisión. Se escabulle a gran velocidad y en silencio. El recién llegado ordena con un gesto a su séquito que le dejen solo. Los ocho esclavos que le acompañan desaparecen sin ruido.



-Le he visto, alteza. Ya sé cómo lo hace. El maestro se alimenta exclusivamente de las cabezas de las abejas jóvenes. Cada tres días abre un cilindro y sin importarle los picotazos –así debió quedarse ciego- coge las abejas pequeñas que están en el centro de la colonia y con unas pinzas hechas con el pico de un ibis rojo les separa la cabeza del cuerpo. Se las come aún vivas.



-¡Por fin he averiguado el secreto de este viejo zorro! Se dice que ya era anciano en la vida de mi abuelo Ramsés y que es él quien está representado con cilindros de abejas en la entrada de la tumba de Horembeb. Con ese método, viviré cien años. Díme, ¿y el veneno?



-Lo consigue con unas vejigas de buey que se cuelga del cuerpo cuando va a comerse a las abejas. Como pican a todo su cuerpo, también pican a las vejigas, que se van rellenando del veneno. Aquí tenéis dos vejigas llenas.



El rostro de Ramsés está exultante.



-Muchacho, estoy muy contento por tus servicios, tanto, que te lo voy a agradecer con una rápida y pronta resurrección en el otro mundo.



Al mismo tiempo que termina la frase hace una señal imperceptible e inmediatamente una flecha atraviesa el corazón de Akil, que se desploma con su gran sonrisa y la mirada profunda de sus ojos negros congeladas ambas para siempre en su rostro ya inerte. El sacerdote extrae la flecha de hierro hitita. Guarda cuidadosamente las dos vejigas. Nadie se extrañará de que su padre, el faraón Seti, fallezca de un paro cardíaco, siempre ha padecido del corazón.



“Es una lástima que el joven aprendiz no haya podido seguir con sus estudios, era un muchacho prometedor, realmente sus avances hubieran hecho progresar el cultivo de las abejas” – piensa mientras contempla la cabeza del maestro Abasi, recién cercenada de su cuerpo por otro arquero de su séquito.



El futuro faraón no puede permitirse sirvientes tan peligrosos. Solamente le sirven los que sean como las abejas, calladas y obedientes. A partir de ahora estas pequeñas esclavas le proporcionarán el vigor y la fuerza que prolongará durante prósperos años su inminente reinado, que pasará a la historia como el del faraón Ramsés II, el más longevo y famoso del Imperio Nuevo.






Ramsés II. en la Wikipedia.

Ramsés II en Egipto.com

Ramsés II documental en TouTube vía Ushebtis Egipcios







 Jeroglífico con abeja, cilindros-colmena y tarrito de miel.

http://amigosdelantiguoegipto.com/?page_id=12465
















La abeja y los jeroglíficos egipcios - Blog Mieladictos

http://mieladictos.com/language/es/2013/07/29/los-faraones-la-abeja-y-los-jeroglificos-egipcios/























Recreación de apicultura en cilindros de barro.

http://ginerjuanmi.blogspot.com.es/2010/05/la-abeja-egipcia.html








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