CAPÍTULO 8. Segundo ataque.



La pequeña María regresa al monovolumen con los ojos encharcados y la cara colorada. Dos surcos húmedos en sus mofletes le indican a su padre que Marta ha tenido que usar sus dotes de persuasión más convincentes para conseguir que su hija se baje de los chirriantes columpios que había al lado de la fuente, donde la vio por última vez hace una hora.

Abre la puerta, se sube a su asiento a duras penas sin dejar que su madre la ayude, cierra la puerta del coche con lo que quiere ser un portazo y sube la ventanilla. Ese gesto probablemente le salvará la vida.

Su padre no necesita preguntar para conocer lo que ha pasado. No había otra cosa más importante en el mundo que seguir columpiándose junto con los amigos -perfectamente desconocidos solo media hora antes- hasta que algún progenitor apareciera por allí. Ha llegado la madre y primero con buenas maneras, después con amenazas y después por el método más expeditivo la ha cogido de la mano o de los dos brazos y la ha llevado medio en volandas al coche.

Se alegra de no haber tenido que ser él el que la obligase a cortar el juego. Estando de vacaciones no le apetecen broncas. Él hubiera querido dejar caer la tarde tomando una cerveza, quizá llamando a alguno del trabajo para darle envidia, después comiendo cualquier ración de lo que fuera en la terraza del bar de la piscina y volver con la niña dormida hasta la casa rural.

En lugar de eso, la cena va a ser en la casa alquilada, otra vez a prepararla, a poner la mesa, a regañar a María por ver la tele, finalmente a intentar que avance un poco en el libro de deberes para el verano. Nada demasiado distinto a un día de trabajo normal. Después a recoger la mesa, lavar los platos –ya podían poner un lavavajillas con lo que cuesta la semana- y a no demorarse, que mañana seguro que Marta ha programado algo. Al final seguro que toca el Monasterio de Yuste. Sería muy lúgubre pensar que casi se está mejor en Madrid con el curro de todos los días que en estas vacaciones; no se permite ni siquiera pensarlo.

-Pues dime qué hacemos mañana.

-¿Cómo?

-Has dicho que no querías ir a Yuste, pues venga, dime que hacemos mañana.

-Pero…

-No, no pasa nada, venga, propón tú otra cosa.

-Yo no he dicho nada de Yuste.

-Mira, no hace falta que… ¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaaay!

Gesto de dolor, mira a Pedro, sin entender nada. Él tampoco lo entiende. Va hacia ella, ha sido en la espalda, bajo la nuca. Distingue tres picotazos, se queda asombrado mirando al distinguir los tres minúsculos aguijones moviéndose en la piel de Marta, bombeando veneno. Los quita con un pañuelo de papel.

-Mira, mira.

-Macho, que no es un documental, coño, que esto duele. Apártalo de mi vista.

-¿Estás bien?

-Duele, pero no te preocupes.

-¿Mucho?

-Joder, pues sí. A ver si la señora de la casa rural tiene un antihistamínico o algo así.

-Vamos a urgencias.

-Anda, qué dices. Vamos al coche, anda. Creo que te has librado del monasterio por un día. Vaya noche me espera, joder.

Un sonido la interrumpe. Más bien es la unión de muchos pequeños sonidos, como una maquinaria formada por miles de piezas frotándose entre sí. Marta y Pedro se detienen porque no pueden oírse al hablar. El sol se nubla un momento y al mirar hacia arriba descubren una especie de ballena flotante, una nube oscura y etérea que forma una masa de apariencia líquida. Ha pasado justo por encima de ellos, tapando el sol. Atronando.

El ruido es ensordecedor. Los dos se miran, aterrados. Marta mira a su hija. Al verla suavemente dormida mientras su angustia crece hasta lo insoportable se añade otro punto de irrealidad. Pedro vuelve a mirar a Marta y sus ojos se clavan en su nuca, luego su mirada va al pañuelo con el que ha limpiado los picotazos y de repente una idea cruza por su mente, una sensación de pánico y de peligro.

-¡Métete al coche!

Abre la puerta y la empuja violentamente, lo que hace que caiga en los dos asientos delanteros y se golpee con la palanca de cambios en el pecho. Luego da la vuelta y entra él también.

Cuando se sienta, a modo de explicación a Marta, le hace mirar el brazo y la nuca. Cuentan siete aguijones.

Una mujer mayor está entre el aparcamiento y la entrada al recinto de la piscina. Cae de rodillas sin parar de manotear, cubriéndose la cara con un brazo. Una masa oscura le cubre la espalda y la cabeza. Chilla y echa a correr, desesperada, ciega. Ha cogido la dirección del puente que pasa por encima de la garganta y que sujeta el dique que retiene el agua de la piscina natural. Se tropieza con el pretil y cae por el lado de aguas abajo, contra el lecho rocoso del río.

Hay familias como ellos, metidos en los coches. Un hombre obeso llega hasta su monovolumen mientras su mujer le grita desde dentro, su coche está atestado de personas. Su cabeza, la amplia espalda y el cuello vacuno están cubiertos de abejas. Los brazos y las pantorrillas también. Cae junto a la puerta, intenta levantarse. Sale otro hombre del coche y rápidamente le mete por la puerta del conductor y después vuelve al asiento, dando manotazos a los insectos que han cubierto sus brazos y su pelo en unos pocos segundos.

Apenas se ve, ya las abejas no tapan el sol, pero forman una nube enfurecida, una tempestad que se agita sin dirección definida y hace que los supervivientes solo vean puntos gordos moviéndose sin parar rapidísimamente y aturdiéndolos con el zumbido ensordecedor.

En la piscina, el ataque ha sorprendido a la gente tomando los últimos rayos de sol y recogiendo la jornada de baño. Los primeros en recibir los picotazos han sido los remolones que aún estaban en el agua. Un grupo de adolescentes que estaban junto a las compuertas al principio se han reído cuando uno de ellos ha soltado un gritito en el primer picotazo; después al verse cubiertos de abejas no han dudado en tirarse al agua vestidos, con el tiempo justo de dejar caer los móviles en las toallas. En esa zona ya no llega el sol y los insectos no les hacen mucho caso. Los chicos les mantienen a raya a costa de hacer salpicones a manotazos con el agua. Parece que prefieren ir a por los bañistas de la parte soleada.

Uno de los chicos se cruza toda la piscina en un sprint de croll para socorrer a su prima pequeña, que está en el agua en la parte que apenas cubre, la zona infantil donde ya no queda nadie salvo ella y su hermano. Se han cubierto con la colchoneta en forma de Bob Esponja. Los dos lloran histéricos.

Cuando llega el chico, ve que la colchoneta está deshinchada, cubierta de aguijones. Les coge a los dos en vilo y se dirige hacia la orilla, envolviéndolos como puede en el plástico. No se da cuenta de que él mismo está también cubierto de abejas y de aguijones palpitantes. En la orilla ve al padre de los pequeños que se los coge de los brazos y los envuelve en una toalla, corriendo hacia el bar. El pequeño recinto acristalado está repleto de personas que se han refugiado y miran atónitos la tempestad que está ocurriendo fuera.

La masa de abejas que le cubre el cuerpo le pica sin cesar. Intenta seguir a sus primos y a su tío. Su cabeza está embotada, no puede pensar con claridad. Trata de correr, pero solo consigue tropezarse. Acierta a ver los baños públicos, más cercanos y también repletos de gente y decide dirigirse hacia ellos pero cae de nuevo y ya solo ve luces blancas. Antes de cerrar los ojos, nota que ya no siente dolor.

En el aparcamiento, Pedro y Marta miran atónitos por la ventana. María se ha despertado. Llora. Le han dicho que está granizando, Marta se ha puesto a su lado y la abraza cubriéndole todo lo que puede la cabeza para que no pueda ver nada. Abejas se lanzan contra el cristal rebotando con un ruido seco. De repente, un coche se abalanza sobre ellos.

Es un pequeño todoterreno tipo jeep sin techo, abierto del todo. En el puesto del conductor hay una persona inmóvil. No se le ve la cara, cubierta totalmente de abejas. De copiloto, otra persona que agita desesperada las manos, dando manotazos a su cabeza y a la cabeza del conductor. El vehículo baja la pendiente por la acción de la gravedad, el conductor solamente ha acertado a desembragar el motor antes de desvanecerse y yacer inmóvil sobre el volante. Pedro tiene el tiempo justo para arrancar su coche y dar una sacudida hacia delante, el todoterreno apenas les golpea la parte de atrás, sin embargo ellos se lanzan contra una columna de hierro que sujeta el endeble techado del aparcamiento. El golpe no es muy fuerte, pero al no llevar puestos los cinturones, María, Pedro y Marta se golpean contra el volante y el asiento.

No se aprecia en el caos que se ha convertido la piscina y sus alrededores, pero la intensidad del ataque ha bajado al avanzar rápidamente el sol hacia el crepúsculo. Aún hay algunas carreras por la pradera de la piscina con padres que socorren a sus hijos, llevándolos al bar envueltos en toallas. Dos hombres han recogido al adolescente que estaba tirado en la orilla. Se oye una sirena, es la ambulancia del pueblo que llega.

Sin que nadie le haga ningún caso, el sol se ha terminado de ocultar tras los árboles. En ese instante cesa el ataque. El tornado de abejas de repente se eleva y se recoge como un ejército en retirada. El zumbido atronador ha cesado. Ya no hay ninguna abeja volando, pero hay miles en el suelo, con el aguijón y medio cuerpo desgajado. Agonizan y mueren rápidamente. Hay un silencio espeso, sólido.

La gente refugiada en el bar y en los baños públicos sale aliviada de escapar de la aglomeración. Algunos salen despacio, contemplando el paisaje después de la batalla y pisando con aprensión los cadáveres de los insectos, que están por todos lados, formando una alfombra chirriante que cruje al pisar. Otros van corriendo a sus pertenencias, abandonadas en el césped de la piscina y rápidamente se dirigen a los coches en busca de asistencia médica en el servicio de urgencias del pueblo.

Dos mujeres sufren un ataque de ansiedad, lloran y patalean en el suelo, sus familiares tratan de sujetarlas para evitar que se hagan daño.

Una abuela que ha mantenido abrazado y protegido a su nieto con su propio cuerpo y una toalla metidos entre unos helechos, en la penumbra del bosque de ribera, aguas arriba de la piscina, sacude las abejas que han cubierto su espalda y su pelo. Solo entonces se da cuenta de que cualquier resquicio de piel que han encontrado tiene un aguijón clavado. Mira a su nieto, no tiene ninguna picadura. El pequeño, de siete años, se pone enseguida a quitarle los aguijones.

Pedro y Marta están fuera del coche. María está refugiada en los brazos de su padre, no quiere ver nada. Ante un gesto de Pedro hacia el coche que les ha golpeado y que está volcado a unos metros de ellos, Marta le dice que no con la cabeza y le hace ir al centro del aparcamiento, junto a un gran macetero, donde se está reuniendo la pequeña multitud que se refugió en los coches y en el bar de la piscina. Aquí también andan pisando una alfombra de abejas muertas, destripadas por haber desprendido su aguijón venenoso sobre el cuerpo o la ropa de alguien. Ven llegar a las sirenas de la Guardia Civil.



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