CAPÍTULO 6. Inteligencia colectiva.



A treinta kilómetros de Villanueva hacia el oeste, Marina callejea por Jarandilla conduciendo ausente. Desde que ayer se fue por la mañana, despreocupadamente pensando que iba a ser un día de abandono y relax total, ahora las calles del casco antiguo donde tiene su casa de alquiler le parecen otras. Hoy el día ha sido muy diferente. Mientras se abre la puerta del garaje, le parece que esas paredes o ese balcón de su casa, o la vecina que siempre la saluda desde la puerta, son distintos. Piensa que su vida ha cambiado, que por primera vez está realizando una actuación verdaderamente profesional, que sus años de estudio y preparación están dando sus frutos y que por fin ha tomado las riendas de su propia existencia.

Su primer caso de investigación judicial. Piensa que la va a fastidiar repetidas veces, pero que eso forma parte de su aprendizaje. Llamar a esa veterinaria quizá haya sido un error, pero si le envía de una vez algún tipo de informe puede llegar a ser un error valioso. El informe del forense será concluyente y profesional –a pesar del personaje, piensa- el pilar de la investigación. No parece que vaya a haber implicaciones familiares o delictivas, así que la resolución será sencilla y todo esto le va a servir para foguearse en estos asuntos. Si ocurre otra muerte que haya que investigar en su partido judicial, o más bien, cuando ocurra, ya no será su primer caso, así que el pobre Mateo le habrá hecho un último favor involuntariamente.

Lo que la ha descolocado del todo ha sido que la haya llamado un funcionario del ministerio del interior, del departamento del Delegado del Gobierno en Cáceres, para interesarse por el caso. Aunque sospecha desde donde ha salido la información tan rápidamente hacia arriba -cierto secretario judicial va a tener que ser tomado en cuenta y quién sabe si removido de su silla- le sorprende que el asunto haya rebotado tan rápido. Y tan alto.

Mientras coloca los pertrechos del baño ¡qué lejos queda aquel maravilloso rato de ayer en el charco! piensa que quizá su primer caso no va  a ser tan sencillo como parecía. Hay por aquí embrollada alguna implicación con alguna alta esfera que por ahora no consigue conectar, con una muerte fortuita en un colmenar de la Vera.



Sara está mirando de hito en hito al joven aproximadamente de su edad que tiene enfrente. Su revelación o parida que acaba de soltar la acaba de descolocar del todo.

-A ver, creí que venías a ayudar.

-Y te estoy ayudando, a que sepas de qué estamos hablando y a ayudarte con el informe.

-Pero qué dices, cómo voy a poner eso.

-No, no lo vas a poner. A eso he venido.

-¿Me lo puedes explicar?

Darío la mira otra vez a los ojos, escudriñándola, como si la estuviera midiendo o sopesando la capacidad intelectual de entendimiento de su interlocutora.

-En 2000 se abrió un proyecto de colaboración con una universidad americana para llevar a cabo la fase final de una investigación. Yo fui recomendado para desarrollar el trabajo de campo. Mi proyecto fin de carrera trataba sobre la inteligencia colectiva de las colmenas de abejas. El trabajo se publicó en una revista científica y llegó a las manos de los investigadores de los Estados Unidos, de una universidad que trabaja con Harvard.

Si quería darse importancia, lo disimulaba bien, no transmitía la sensación de estar especialmente orgulloso de que una universidad americana le fichara para un trabajo de campo en España. Más bien a Sara le pareció que otra cosa le hubiera parecido injusta o equivocada.

-Estamos trabajando en modificar el comportamiento de una colonia de abejas mediante una conexión a un ordenador.

-¿Qué?

-¡Es posible! Las abejas, las miles de abejas que forman un enjambre, forman una especie de ente superior a ellas mismas si se las estudia de forma colectiva, algo parecido a un ser inteligente que llamamos colmena.

-¿Inteligente?

-Sí, rotundamente. Más inteligente que muchos mamíferos superiores. Una colmena interactúa con el entorno, evalúa las variables que le afectan y toma decisiones en función de ellas.

-Sí, bueno, los burros de mi vecino también.

-Habría que ver a los burros de ese señor cómo respondían a escasez de alimento, épocas de superabundancia de recursos, hibernaciones, robo de reservas por el dueño humano del colmenar, agresiones, enfermedades, intrusos… Una colmena obedece a una inteligencia colectiva, formada por múltiples elementos que individualmente los podríamos considerar como insectos simplemente animados por el instinto. Sin embargo, de alguna forma, entre todos ellos forman un ser vivo superior a ellos mismos dotado de inteligencia propia.

-Inteligencia.

-Sí, te lo vuelvo a repetir, una colmena tiene una forma de Inteligencia colectiva. Al igual que una red de ordenadores es capaz de funcionar como una red neuronal.

-¿Y de verdad te han dado una beca por esto?

-Mira niña, no sabes si quiera las posibilidades que esto abre. No sabes nada. ¿Te imaginas tener un ordenador más potente que cualquiera de los que se ha construido hasta ahora, además con un comportamiento orgánico? ¿Te imaginas multiplicar por más de diez la actual potencia máxima de cálculo?

-¿Me estás diciendo que te han dado una beca para que enchufes un ordenador a una colmena y que estas hagan de disco duro o algo así?

-Te estoy diciendo mucho más que eso. Te estoy diciendo que será posible que esos miles de individuos que forman un ente inteligente puede servirnos para multiplicar por cien o por mil la potencia de un simple ordenador.

Su interlocutora enarca una ceja. Él sigue hablando.

-¿Has oído hablar del proyecto SETI? Millones de ordenadores en todo el mundo trabajan simultáneamente y en equipo para conseguir una potencia de cálculo inimaginable comparada incluso con la mayor computadora que se consiga construir.

-Sí, sé lo que es. Lo tuve instalado cuando estaba en la facultad. Y también sé lo que es una abeja, he tenido colmenas, sabes. Nunca les vi una entrada USB en el abdomen. Tú flipas, llegas aquí con tu quad y tus aires de niño pijo resabiado con nosecuantos máster, contándome chorradas.

-Bueno mira, no me creas si no quieres, pero no puedes escribir ese informe.

-¿Qué no? Me lo ha encargado la juez esa y se lo voy a enviar esta noche. Antes de que digas nada, ya te lo digo yo, pienso escribir lo que me salga de… ahí.

-No puedes. No debes.

-Lo vas a ver.

Darío la sopesa de nuevo, la corta estatura de su interlocutora ocultaba un carácter resuelto. Claramente, por ese camino no va a conseguir nada, así que cambia de estrategia.

-Ven conmigo.

-Sí, ya ¿a dónde?

-A mi laboratorio, está por el camino de la presa. Un poco más arriba.

-¿Y para qué voy a querer ir contigo?

-Porque te voy a convencer de que no son chorradas lo que te he contado. Te voy a demostrar de lo que mi experimento es capaz.

-Ja. Y dónde es eso ¿en Houston?

-Tengo el laboratorio en la sierra, por encima de Mesas Llanas.

-¿Y qué me vas a enseñar?

Le ha parecido que la pregunta tenía algo más, se mentiría si pensara que no le gusta la chica. Es hermosa, aún cuando los piercings en la nariz no son lo suyo, la cara es bonita y sus ojos verdes son una tentación que le obligan a escabullir los suyos.

A pesar de lo agria que ha sido la discusión,  de repente nota a la chica intrigada y divertida. Hasta ahora no se ha creído ni una sola palabra y se la nota. Sin embargo, no parece que tenga reparos a subir con un desconocido a un lugar apartado de la sierra.

-Te puedo enseñar cómo se interactúa con ordenador en una colmena, cómo es posible comunicarte con ellas.

-Esto no me lo pierdo, voy a por las llaves del coche, nos vemos en tu quad en diez minutos. ¿Vale? ¿Está muy lejos?

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