CAPÍTULO 5. El informe.



A la mañana siguiente llega un quad atronando las calles del pueblo. Un joven cubierto de polvo lo conduce, sin que su actitud denote ninguna preocupación por la molestia que el ruido pueda causar. No es el único; en esta quincena del verano la población de la localidad se multiplica y es común el petardeo de ciclomotores de los chavales que se van a bañar a los charcos. Es parte del bullicio estival.

Se dirige directo hacia el Centro de Salud. Deja el vehículo despreocupadamente en la acera, junto a un monumento que tiene un arado en un pedestal, y salta hacia el edificio. Pregunta por la veterinaria municipal y le dicen dónde está su despacho, aunque le advierten que suponen que no está ya que su jornada laboral en la oficina terminó hace un par de horas y puede estar haciendo visitas.

Avanza a grandes zancadas y abre la puerta sin llamar.

-¿Veterinaria Vela?

Sara está apoyada con los codos en la mesa, la cabeza entre las manos, el pelo tapándole la cara. Ante sí, la pantalla del ordenador con un documento de Word en blanco, sin ni siquiera un título que lo caracterice. Está bloqueada, lleva quince minutos sentada frente al ordenador y no sabe por dónde empezar.

-¿Sí?

Alza la vista y ve a un chico joven, unos veintiocho años, alto –aproximadamente metro noventa- y fibroso como un alambre. Su abundante pelo está revuelto y desgreñado formando una especie de pelusa. Observa que lleva un casco en la mano, así que supone que es el propietario del vehículo de campo que estaba armando un ruido de mil demonios junto a su ventana. Quizá sea por el casco, enseguida le resulta parecido al malogrado piloto Marco Simoncelli. Su indumentaria es lo que más le sorprende: camiseta, pantalón y zapatillas del equipo de la NBA de Los Angeles Lakers. Un espárrago con gafas de pasta y vestido de amarillo chillón, cubierto de polvo.

-¿Tú eres el de la motito? ¿Qué quieres?

-Sí, me temo que sí soy yo el de la motito. Más bien es mi quad –hace una pausa- Hola Sara. ¿Estás con el informe para la juez De la Fuente?

-Ssssí –titubea por la inseguridad que le trasmite que un desconocido estrafalario sepa lo que una juez le haya encargado mientras estaban solas

-¿Y tú eres…?

-Darío Parta. Investigador de la UEX.

-¿UEX?

-La universidad de Extremadura. Soy informático y biólogo. Estoy llevando a cabo un proyecto de investigación becado por la Junta.

-¿Y? – Sara cada vez entiende menos.

-Mi proyecto se denomina “Aprovechamiento de la actividad colectiva de colonias apícolas”.

-¿Te envía Marina De la Fuente para ayudarme a redactar el informe?

-Er…sí, más o menos.

-Ah pues genial –Sara suspira aliviada- porque mira, yo no sé cómo afrontarlo. No soy apicultora. Soy veterinaria y mi especialidad no son las abejas precisamente. Tuve que ver ayer el cuerpo del pobre Mateo y aún estoy impresionada. La juez esa me ha soltado este marrón y no sé ni por dónde empezar.

Le acerca una silla, de repente todo cambia. Su amiga la juez le envía a una persona –bastante estrafalaria eso sí- experta en abejas que le va a decir lo que tiene que escribir ¿y por qué no le lía a este para hacer el dichoso papelito en lugar de encargárselo a ella? Buah, a saber de dónde le ha sacado ¿qué proyecto dice que lleva?

-Siéntate, eh ¿te llamabas?

-Darío.

-Muy bien Darío, pues te cuento lo que vi y sacamos este informe en un minuto y me olvido. Marina me ha dicho que con dos folios es suficiente. Ha sido horrible ver a ese pobre hombre, necesito sacarlo de mi cabeza.

El gesto de Darío no presenta ninguna emoción mientras la escucha.

-Estaba tirado en el suelo, el pobrecillo, tapándose la cara con las manos… esa cara, de color azul, con todo lleno de aguijones, esa expresión de miedo.

Sara pensó mucho después en esta primera conversación y se dio cuenta al recapacitar que la expresión de Darío cambió más cuando le describía la posición de Mateo y los detalles físicos –sobre todo lo de los aguijones- que el hecho de que se estuviera hablando de una persona muerta.

-Sí, lo primero que debemos pensar es en cambiar el enfoque de tu informe, porque no ha sido un accidente.

-¿Ha sido una negligencia de Mateo? Es difícil pensar eso, hablamos de un hombre de aquí, colmenero o apicultor como prefieras decirlo, con contacto con las colmenas desde que nació, seguramente.

Darío se recuesta en la silla, sin dejar de mirarla. Con gravedad pero con un atisbo de sonrisa amarga la mira directamente a los ojos.

-Ha sido un asesinato.

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