CAPÍTULO 4. Investigación.



-Vete a la mierda.

La muchacha se ha bajado del coche dando un portazo. La imprecación no ha dejado a nadie indiferente, tampoco ninguno del grupo tenía otra cosa que hacer salvo ver cómo llegaba el todoterreno de la Guardia Civil con la veterinaria. Ya se apreciaba que la chica y el cabo estaban discutiendo, más bien que ella le llamaba de todo a él, que aguantaba el chaparrón refugiado detrás de sus Rayban y de una mueca impasible.

Se acerca decidida al grupo. Viene vestida de calle, pantalones hindis, camiseta de tirantes, pelo rubio con rastas, pendientes varios en las orejas y nariz. Sus ojos claros chispean de enfado.

-A ver, díganme.

La juez toma la palabra, los otros están a la expectativa.

-Señora Vela, le hemos pedido que venga para que nos asesore sobre el caso del fallecimiento de Mateo Garvín. Además de veterinaria municipal es usted apicultora y creemos que puede ser de gran ayuda.

-Bueno, yo puedo intentarlo pero no sé en qué. Creo que les han informado mal, he venido de buena voluntad, pero no tengo medio de ayudarles.

La juez la coge del codo y la lleva hasta el cuerpo de Mateo, cubierto por la manta térmica.

-¿Podría echar un vistazo?

Sara abre los ojos y la boca desmesuradamente, se lleva las manos a la cara. Retrocede un paso.

-¿Es…Mateo?

-Sí.

-No pienso verlo.

La juez se la queda mirando a los ojos, Sara la devuelve la mirada, desafiante, la barbilla alzada. Es muy guapa, el cabreo que trae realza sus rasgos y por debajo de sus extrañas ropas adivina un cuerpo firme y bien proporcionado. Por un instante le viene el recuerdo del sensual rato de hace unas horas en el charco, con la piel al sol y el agua lamiendo sus tobillos. Dejando de lado sus apreciaciones particulares, se obliga a pensar profesionalmente, Marina evalúa la situación, esta carta está siendo de menos valor de lo que pensaba y la partida podría desmoronarse. Si esta chica no colabora, la habrá hecho venir para nada, sin ninguna autoridad ni razón para hacerlo. No sería un buen comienzo en el primer procedimiento fuera de la oficina del juzgado.

La coge del codo, se la lleva a un aparte. Con mano izquierda, le dice que necesita ese informe, que la familia está desorientada y necesita una certeza de algo; para empezar, saber por qué murió Mateo.

-¡Pero es que yo no soy forense!

-Lo sé, precisamente por eso puedes ser tan valiosa en esta investigación. Ese hombre de la chaqueta horrible y las chanclas sí es el forense, un pedante de mucho cuidado. El otro estirado es el secretario del juzgado, un machista que no soporta que una mujer le mande. –Nota el ablandamiento de la mirada de Sara, sabe que ha tocado la tecla adecuada- Venga, mujer. Échame una mano y yo cuando pueda también lo haré.

-Mire, yo paso de esos politiqueos y esos tejemanejes. Yo le hago su puto informe pero después me dejan en paz. No sé qué voy a poner porque yo aquí no tengo nada que aportar, pero yo se lo hago.

-¿Pero tú no eras apicultora?

-¿Yo? Qué va. Al año de venir aquí estuve saliendo con el Chili, que tenía colmenas. Luego conocí a ese –señala al cabo Moreno con un movimiento de cabeza, que sigue en el coche como si se hubiera fosilizado- que aparte de ser un chulo no sé qué imagen se haría de mí ni lo que entendió de lo que le conté de mi vida. No estuve mucho tiempo con él.

-Ya. Bueno, Sara. Solamente quiero que examines el cuerpo y me cuentes tu parecer.

-¡Pero que yo no voy a ver a Mateo!

-Acabemos con esto, ¿te parece?

Ahora su mirada se ha vuelto dura, pétrea. Sara sopesa esos ojos grises que denotan una determinación y un punto no velado de amenaza. No sabe exactamente qué podría hacerle de malo, hasta donde podría llegar en su influencia, pero no quiere arriesgar lo que tiene y la vida que lleva ahora por un informe en el que ni se va a mojar ni va a poner nada que no sea estrictamente cierto, desde el punto de vista veterinario. Decide que va a soltar un texto plano y anodino que no valga para nada. No sabe si ganará una amiga, pero desde luego no le apetece tener una enemiga juez.

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