CAPÍTULO 3. El aviso.



En algún lugar de la sierra de Villanueva, a más de mil metros de altitud, donde la vegetación mediterránea empieza a ceder y a volverse más continental y alpina, un camino de tierra abierto en el monte, aparentemente sin un destino claro, termina de repente. Al final del mismo alguien hizo llevar maquinaria de movimiento de tierras para preparar una plataforma horizontal del tamaño de una pista de tenis, se hizo una explanada que vierte sus taludes hacia el lado del valle. En esta superficie aplanada están estacionados formando un extraño contraste con su entorno, un autobús Greyhound de los años 50 y una autocaravana tipo integral último modelo. El autobús tiene acopladas seis antenas que hacen gran contraste con el vehículo al que están fijadas, el resto de su cubierta lo ocupan paneles solares de energía fotovoltaica.

Darío está en su hamaca de pensar, enganchada a una ventana del vehículo vivienda y a un roble cercano mediante cuerdas dinámicas de escalada y mosquetones. Bajo el toldo que le protege del sol inclemente, está escribiendo un correo electrónico en el móvil. Junto a él, en una piedra que hace las veces de mesa de oficina, están los últimos informes de actividad en la colonia MOD1ABB, la que él llama La de la sierra.

“Todavía nada”  - aburrido, se relee por enésima vez el último listado de datos.

Desde la hamaca donde está recostado puede ver tres de los siete monitores que tiene en su interior el autobús, instalados con otros tantos ordenadores. Podría parecer que están apagados pero sabe –los ha programado él mismo, siempre se le ha dado bien tratar con las máquinas- que están recopilando datos que reciben de múltiples sensores ubicados por todo el término municipal.

Se concentra de nuevo en su móvil cuando de improviso uno de los ordenadores empieza a hacer sonar La Marsellesa.

“Fase C, allá vamos” – dice ahora para sí, contento porque todo vaya según lo previsto.

El joven da un salto de la hamaca, entra corriendo en el autobús y observa los datos y el gráfico que muestra el ordenador.

Satisfecho, abandona sin guardar cambios el correo electrónico con el que estaba ocupado y escribe uno nuevo. Selecciona la dirección electrónica del receptor y escribe:



Asunto: Fase C iniciada

Texto: 52 horas de retraso respecto a la previsión, inician la fase C.



Lo envía. Pasa a otro ordenador, teclea unas breves instrucciones, el código de entrada y la clave secreta. La imagen es nítida. Los datos monitorizados de cada una de las colmenas aparecen sobreimpresos en las imágenes de las mismas cuando la cámara hace un barrido. Se detiene en la que más le interesa, la colmena diez. Toma nota de los datos:



TEMPERATURA: 41º. Excesiva

HUMEDAD: 53%. Escasa

PESO POBLACIONAL: 0.00gr crítico

ACTIVIDAD: Null



La cámara instalada en el claro del bosque donde Mateo tenía sus colmenas funciona mediante control remoto por radiofrecuencia. Mateo nunca lo supo. Igual que no supo que dentro de las cajas había un pequeño sensor que permitía al joven conocer el estado de cada una de ellas.

 “Lo han hecho” –Piensa- “Ya no están. Perfecto.” Registra estos datos en el archivo con una marca para resaltarlo.

Se fija ahora en la imagen que está detrás de los datos sobreimpresos, algo le ha llamado la atención y no sabe qué. Hace que desaparezcan los datos monitorizados de las colonias y así puede ver el colmenar entero.

Allí donde Mateo suele aparcar su Niva hay unos bultos, son más coches. Ordena a la cámara que aumente el zoom y entonces alcanza a distinguir lo que le había llamado la atención. Aunque el aumento óptico ya no da más de sí y tiene que tirar del digital con su pixelado correspondiente, alcanza a distinguir que es una ambulancia lo que se ve allí, también ve a cinco o seis personas. Identifica a un todoterreno de la Guardia Civil, y empieza a asustarse.

De pronto suena la melodía de los mensajes electrónicos en su móvil. El destinatario del correo anterior le acaba de responder. Lo lee rápidamente y después ha de releerlo otras dos veces más, asumiendo su contenido y las implicaciones. Tiene que sentarse en el suelo, cierra los ojos y reflexiona durante un minuto.

Acto seguido, coge su mochila de trabajo, cierra la caravana y el autobús con llave, se sube a su quad, un Yamaha Raptor 700R/SE, un vehículo de gran cilindrada del que siente especial orgullo de ser su jinete, y lo arranca con enorme estruendo. Tiene que comprobar unos datos antes de encontrarse a la mañana siguiente con la persona que le indican en el correo electrónico. Lo siguiente que se ve es a Darío jugándose la vida conduciendo a más de noventa kilómetros por hora en la pista forestal que baja hasta el pueblo.

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