CAPÍTULO 2. Levantamiento.





“Podría acostumbrarme a esto” piensa Marina, mientras bebe una cocacola y se repanchiga un poco más en la tumbona. “¿Me atrevo? ¿Por qué no”. Se decide a quitarse la parte de arriba del bikini, dejando que el sol le dore la piel. Es casi inevitable ceder a la sensualidad de la brisa, del entorno, del calor tan agradable. Entre los rollos y sus pies descalzos se desliza el agua fresca de la garganta que rebosa la poza que ha creado la erosión del agua, una enorme piscina natural que recibe su caudal por una especie de cascada en rampa que sirve de tobogán a los más valientes de los bañistas. Oye el murmullo del agua del charco, más allá unos quinceañeros juegan a tirarse cada vez más alto desde las rocas que encierran la poza. Más lejos aún una pareja de jóvenes completamente desnudos charla tranquilamente. Descuelga los brazos, abandonándolos a la sensación de entregar su cuerpo al sol de la tarde.

Cierra los ojos y sonríe pensando en los años de estudio, noches sin dormir, noviazgos aburridos que se aburrieron de ella… quizá haya valido la pena, después de todo. Si el puesto conseguido le deja disfrutar estas escapaditas, será que al final fue buena la decisión de abandonar Valladolid y recalar en Jarandilla; al principio no le llamó nada la atención la convocatoria de aquella plaza, pero después de tanto estudiar no estaba para andar seleccionando oposiciones. Significaba no volver a Valladolid después de terminar los estudios y no incorporarse al bufete de papá. Fue pasando exámenes y hasta que no aprobó el último su familia no la creyó cuando decía que se iba a un pueblecito de Cáceres. Lo hizo y en su primer verano en el puesto ahí estaba, haciendo topless al sol, supuestamente localizable en el móvil. Fue un duro golpe para todo su entorno, la confirmación definitiva de ser el garbanzo negro, la nota discordante, la rara.

“Solo me falta lo que me falta” piensa con una sonrisa, medio en serio, medio en broma. “Bueno, para eso siempre hay tiempo, la Reina de la Noche pronto abrirá sus alas” y recuerda sus escasas juergas universitarias por las calles de Salamanca, en la que sus amigas del bar Miranda, Carmen y Lorena, le pusieron ese mote -totalmente injustificado por ser ella más diurna que los gorriones- merced a una serie de noches locas, de forma sorpresiva con final exitosamente feliz, despertándose entre los brazos de alguna bella estudiante de provincias.

Como siguiendo sus pensamientos, el adagietto de la quinta sinfonía de Mahler que está oyendo en el Iphone se interrumpe y aparece de repente como un ciclón Diana Damrau en La Flauta Mágica diciéndole a Tamina lo que tiene que hacer con Sarastro.

Inconscientemente se sube el bikini antes de contestar, sabiendo que más que la Reina de la Noche, ese tono le avisa de que la llamada es un aviso urgente del trabajo.

-¿Señora Marina De la Fuente?

-Sí, soy yo.

-Aquí el cabo Moreno, la necesitamos. Tenemos un señor muerto en una finca de Villanueva.

“Hay que joderse” piensa Marina mientras se termina de vestir, saliendo hacia el coche, andando torpemente entre los rollos de la garganta. Carga con la bolsa de la toalla, su bolso, la tumbona y un negro presentimiento acerca de su primera actuación como juez en el levantamiento de un cadáver.



Están rodeando el cuerpo tendido de Mateo. Los de la ambulancia le han puesto una manta isotérmica aluminizada encima, que cubre completamente su corta estatura. Además del personal médico -el conductor y la enfermera que una vez cumplido su corto cometido no tienen nada más que hacer hasta que la juez ordene llevarse el cuerpo- están junto al cadáver: Marina, el secretario del juzgado, el forense y el cabo de la Guardia Civil.

Menos los de la ambulancia y el cabo, la indumentaria y el olor a crema solar del resto denota bien a las claras que estaban disfrutando del baño a las horas en las que se ha desencadenado la actuación judicial. Una chaqueta que se da dos tiros con la camisa, unas bermudas de Decathlon, sandalias… podría sacarse algo cómico de las trazas que presentan los representantes de la justicia y de la investigación oficial.

No era de gran talla, Mateo. Más bien el tipo de viejo agricultor de la zona; baja estatura y poco peso, piel tostada y renegrida de trabajar al sol, espalda curvada por años de cargar sacos y de agacharse con la azada, seguramente tuvo ojos vivos y sonrisa fácil. Ahora ya está deshumanizadamente convertido en un objeto del ámbito judicial, después pasará a ser del forense y al día siguiente ya será otra vez de su familia. Su sobrino-yerno, el que ha descubierto su cuerpo, está prudentemente apartado. Marina ha percibido la misma aprensión o más por el cercano colmenar que por el cuerpo derrotado de su familiar. Se le oye hablando por teléfono dentro del monovolumen estacionado lejos del lugar del óbito. Parece que está llevando él las gestiones del entierro y de portavoz de la familia. Salvo para la formalidad de firmas de papeles, no ha salido del coche.

-¿Estamos seguros aquí?

La pregunta ha partido de la única mujer del grupo. Enseguida Marina lamenta haber expresado su miedo –hay que ser fuerte en el masculino mundo de las fuerzas de seguridad del estado- y más aún le cabrea darse cuenta de que no es la única que no las tiene todas consigo, aunque por novata haya sido la que lo ha manifestado.

El resto de los integrantes del grupo, se ha mirado a hurtadillas, no atreviéndose a confesar que ninguno está al cien por cien confiado. En otras circunstancias no les daría ningún reparo estar a una distancia controlada del colmenar, pero la certeza evidente de que el pobre hombre que yace en el suelo ha fallecido por cientos de picaduras de abeja les hace estar intranquilos.

Percibiendo claramente que no es la única nerviosa con la situación, Marina recupera la entereza y se recrea un poco. Se acerca al cadáver, echa un vistazo alrededor, incluso hace un tímido intento de acercarse al colmenar.

Ahora sí percibe claramente y casi podría decir que lee los pensamientos del resto del grupo. Están pensando que bastaría con que se hubiera acercado el forense, que vaya forma de perder el tiempo por un pobre viejito que a saber la que estaba liando con las abejas de su hermano para que le pusieran así.

-¿Alguien sabe de apicultura?

La pregunta flota en el aire. Sorprendidos, el secretario, el cabo, el forense, la miran sin saber qué decir.

-Bueno, los que somos de pueblo algo conoceremos, digo yo.- Tercia el cabo, viendo que nadie decía nada y dispuesto a parecer voluntarioso.

-Jose Luis, usted ¿qué opina?

El forense carraspea, aunque la situación no es cómoda, le gusta que le pregunten en público su opinión sobre el caso.

-Bueno, a falta de los análisis de tejidos y de sangre, no hace falta ser un Noguchi para aventurar que el pobre Mateo ha fallecido por un ataque de abejas; claramente los aguijones siguen clavados en su piel y eso las identifica. Que yo sepa, es el único bicho que te deja el aguijón y el jodido sigue metiéndote veneno aunque la abejita ya no esté. Ahora bien, en un varón de unos setenta y cinco kilos, la cantidad de picaduras ha de ser brutal. Descartamos a priori que el sujeto fuera alérgico, dado a lo que se dedicaba. La muerte por apitoxina viene por una depresión general, entrada en shock y fallecimiento por parada cardiorrespiratoria. Tengo que investigar la coloración azul del cuerpo, ver a qué se debe. Me temo que me voy a encontrar en su garganta una buena cantidad de bichitos.

-¿Considera normal este ataque, este…ensañamiento?- Le parece excesivo utilizar una terminología judicial y aplicarla a unos insectos, pero no le salía otra y de alguna forma sí se corresponde con la realidad del caso, el hombre que estaba en el suelo y al que rodean todos, convertido en un objeto de investigación.

-Bueno, yo tampoco soy apicultor. No puedo emitir juicio sobre esto. Sí le puedo decir que en todo el tiempo que llevo trabajando en La Vera nunca había visto algo así. Este hombre ha debido de hacerles algo muy malo para que le hayan picado tantísimas. –Se encoge de hombros - No podemos descartar una reacción auto inmune, aunque como ya he dicho antes, me extrañaría que fuera alérgico siendo apicultor.

-Haga la autopsia, la familia me lo ha pedido y yo quiero saber también la hora y la causa exacta de la muerte. Quiero también un experto en apicultura, un colmenero como dicen ustedes. Necesitamos saber qué pasa aquí. ¿Conocen a alguien del pueblo que se dedique a esto?

El forense mira al secretario, que mira al suelo. En una mirada fugaz se entienden sin palabras, coinciden en que la nueva juez quizá haya visto muchas películas y que se está saltando varios procedimientos de un solo salto. Además, al primero no se le ha escapado la pulsera de hilo y cuero con seis colores, disimulada entre otras de bisutería más convencionales. Ambos son prudentes y cómodos, no van a entrar en conflicto con un superior. Tanto en el trabajo de uno como en el del otro, conviene guardar datos bien archivados y colocados para cuando se presente la ocasión de usarlos. Hay información que puede valer un puesto o un ascenso propios, o un cese de cierta representante de la justicia. Podría ser que esta extraña joven, a la que no se le conoce afición, ni pareja, ni familia tuviera los días contados por aquí y a lo mejor podría en breve llegar de nuevo un señor juez como Dios manda.

-Yo tengo a su persona.

De nuevo el cabo se ofrece animadamente a colaborar. Esta vez su comentario le ha interesado más a la juez.

-Una persona del pueblo, la veterinaria municipal, tiene colmenas. La Saqui.

La jueza sopesa la información brevemente, al tener plaza de funcionaria será más fácil que se preste a colaborar.

-¿La Saqui?

-Sí, la llaman así porque se parece a Shakira, o eso se cree ella.

-Ya. ¿Podría localizarla a estas horas?

-Sí, tengo su número privado de móvil.

Marina evalúa al cabo. Un chico bien plantado, deportista, por el acento claramente se puede deducir que es del sur de Despeñaperros, se podría incluso aventurar que procede de Jaén. Destinado a esta zona, seguramente dejó una novieta en su pueblo y por aquí no rechaza las oportunidades sentimentales que se le presentan. La actitud y el lenguaje verbal con el que ha soltado que tiene el número personal de esa mujer no dejan lugar a dudas de que es un antiguo ligue o algo parecido. La catadura moral que representa que lo suelte así en un ámbito profesional no dice mucho de él, aunque también se puede valorar positivamente la intención de ayudar y de no quedarse en cumplir la tarea con la mayor comodidad posible. Marina no es muy amiga de procedimientos oficiales y protocolos preestablecidos. Ya sea por ayudar desinteresadamente o por un afán de destacar y lograr lo más rápido posible un ascenso a jefe de puesto, la información le interesa.

-¿Podría facilitármelo?

-Claro.

Ninguna reserva, ni un titubeo. “De mí no te decía yo ni mi talla de zapatillas, chaval” Piensa mientras teclea el número en su Iphone.

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