CAPÍTULO 16. Quemorro.




Carlos y Sara han salido del autobús, Darío se ha quedado dentro con su antiguo jefe, definiendo el veneno que tienen que aplicar al enjambre. Ella nota que siguen vigilados y controlados por los geyperman de mono azul, aunque aparentemente solamente están acompañados a cierta distancia por el personal del BRIM que se refugia en el toldo. Son cinco hombres que no le quitan ojo. Es la hora de la siesta, así que el calor debajo de la tela del toldo de la autocaravana es aplastante.

Sara mira a Carlos y le nota extraño. Sus movimientos se muestran tensos y su cara tiene un rictus de preocupación y concentración distinto. Se fija más y nota que su respiración es agitada. Le va a preguntar algo pero en ese momento alguien da una voz. Inmediatamente salen Darío y el jefe de los captores, que sin descomponer la única expresión que le ha visto desde que le conoce, en el primer escalón de la escalera del autobús saca unos prismáticos del bolsillo y mira en la dirección del camino.

Claramente lee en sus labios la expresión “Fucking”. Se dirige a Darío y ella puede oír en ese acento como de guiri de la Costa del Sol “Guardia sivil”. Nunca se había alegrado tanto al oír ese nombre. Siente como si llegara el profesor para librarla de una tunda en el patio del colegio. Parece ser que es la única que siente esa alegría. Ahora están todos tensos, cada uno de sus captores ha sacado los mismos prismáticos que el jefe, del mismo bolsillo. Miran todos a la vez. La imitación colectiva le resulta cómica, tragicómica dadas las actuales circunstancias.

Busca a Carlos con la mirada y encuentra unos ojos entrecerrados, mirándola directamente.

-No huyas cuesta arriba.

Arruga el entrecejo lanzándole una mirada inquisitiva, sin entender nada. Pero Carlos ya no está ahí, se ha dado la vuelta y se dirige al más cercano de los hombres que está mirando hacia el camino con los prismáticos. Los acontecimientos se suceden entonces a velocidad de vértigo. Carlos coge carrerilla con tres pasos y de un salto lanza una patada directamente a los testículos del hombre. Inmediatamente el captor cae al suelo doblado por la cintura soltando una especie de mugido. Carlos se ha incorporado rápidamente y mientras los compañeros gritan “Eh, eh, eh” él se lanza pendiente abajo desapareciendo entre las escoberas.

Ella nota de nuevo que unos fuertes brazos la agarran como gatos mecánicos y prácticamente la elevan del suelo, inmovilizándola desde atrás. Oye órdenes en inglés, unos hombres se lanzan en busca de Carlos, otro se une a su tenaza viviente y entre los dos la llevan a la autocaravana, tapándole la boca con las manos.

En el vehículo vivienda hace mucha temperatura, el ambiente está cargado con olor al plástico de su interior. La conducen violentamente y la tumban en el sofá cama. Los dos hombres se sientan a su lado sujetándola las extremidades y uno de ellos le mantiene la boca cerrada. Su aliento es fuerte, está apoyado en ella inmovilizándola. El peso de él bastaría para mantenerla quieta. Sujetándole la mandíbula para impedirle gritar, con la otra mano le sujeta sus brazos en la espalda, se sienta encima de ella, sujetándola con la rodilla en sus riñones y la otra sobre la columna vertebral, junto a la nuca. Fuera se oyen gritos nerviosos. La otra persona por hacer algo, ya que prácticamente el hombre que está encima de ella no la permite casi ni respirar, le sujeta los dos tobillos juntos.

Boca abajo, inmovilizada por dos hombres, sin poder mover ni la cabeza, se nota tan vulnerable que siente ganas de llorar, máxime cuando le parece que el hombre que la está aplastando apoya ahora de manera poco inocente la rodilla en el trasero. La sensación de indefensión y la posibilidad de ser violada le produce tal tensión que su estresada mente produce un vahído y sufre un desmayo.



Afuera, con un poco más de diplomacia han llevado a Darío al fondo del autobús, conminándole a que no haga ningún ruido. Él cumple la orden dócilmente. El jefe está plantado en medio del camino, con la intención de impedir llegar al campamento al vehículo todo terreno de la Benemérita que ya se aproxima. Antes de que llegue, sigue dando voces y órdenes, dirigiéndose al resto para que encuentren a Carlos, le inmovilicen y le silencien como sea.

El coche se para frente a él, ya que está interrumpiendo el paso del camino. El que se baja por el lado del conductor es el cabo Moreno. Por la puerta del acompañante baja Marina. Otro guardia se queda dentro. La juez contempla la zona para hacerse una composición de lugar. Rápidamente aprecia que el camino que les ha llevado hasta allí se extingue en una explanada donde están estacionados una autocaravana y un extrañísimo autobús. La plataforma horizontal forma una superficie similar en tamaño a una pista de tenis. Alrededor, monte bajo y algún roble.

-Buenos días, señoritos, esto es una finca particular.

-Buenos días, soy Marina De la Fuente, juez del partido judicial número ocho de Cáceres. Estoy llevando una investigación de oficio y he dado permiso a este vehículo para que llegue hasta aquí. Esto no es un registro oficial, pero no dudaré en tramitar una orden correspondiente y venir aquí sin tanta amabilidad.

-Esto es una experimentación privada de cierta…err… institución, tenemos permisos de la junta de Extremadura y del ayuntamiento para operar aquí. Con total confidencialidad, añado.

-Me parece estupendo, pero la juez soy yo. Quiero saber lo que están haciendo aquí y si tienen alguna relación con las muertes acaecidas antes de ayer. Sé que su investigación versa sobre las abejas. Sospecho que han sido las suyas las causantes de la masacre, así que explíqueme ahora mismo qué se está haciendo aquí.

-Nosotros no…

-Por supuesto, inmediatamente quiero saber el paradero de la señorita Sara Vela, que ambos conocemos.

Se produce un silencio tenso. Las dos miradas se enfrentan. Marina nota desprecio y odio. Parece que el hombre altísimo va a decir algo pero le interrumpen unos gritos que provienen de donde desapareció Carlos. Miran los dos y ven una columna de humo, alarmantemente cerca.

El cabo Moreno y el otro guardia que venía en el coche se lanzan sin pensarlo hacia el foco incendiario. Corren pendiente abajo por el talud de la plataforma, allí se encuentran con cuatro personas más con extraños monos azul marino. Les extraña que hablen en inglés, tampoco tienen ninguna idea de acabar con un fuego. Los dos guardias quiebran sendas escoberas y con estos batefuegos improvisados golpean la base de las llamas, que crecen multiplicándose desde el pasto del suelo a las escoberas y helechos cercanos.

El fuego está a escasos cincuenta metros de los vehículos, la zona de la montaña donde se ubican está orientada al sur y el viento que sube desde el fondo del valle por el efecto del sol calentando la superficie inclinada de la ladera les lleva directamente el humo y el calor de los pequeños focos que se multiplican, ya varios se han unido y están a punto de formar un frente de ochenta metros. Por encima de los chasquidos de las retamas y el pasto ardiendo intentan hacerse oír los hombres. Los dos guardias civiles con un poco más de método, los hombres del personal del BRIM van como pollos sin cabeza de un lado a otro sin saber qué hacer.

El cabo sube de nuevo a donde está Marina. Está sudoroso,  con heridas en los brazos y en la cara, de arañazos con la maleza.

-Esto está a punto de descojonarse del todo. Ya he avisado a la caseta de incendios y al retén. Como no lleguen en quince minutos se lía aquí una de cojones.

-¿Corremos peligro?-Pregunta la nuez, con la voz quebrada por el miedo metido en el cuerpo

-Estos hombres no hablan español, ¿no?

-No.-Dice el rostro hierático.

-Pues yo tampoco hablo inglés, necesitamos a alguien que haga de intérprete, para intentar salvar estos vehículos, que he observado que están fijos aquí, no da tiempo a moverlos.

Efectivamente, el autobús tiene una rueda deshinchada, está apoyado en unos maderos. La autocaravana está sobre las patas y no parece que se haya movido en muchos meses.

-Yo hablo inglés.

Darío les habla desde la entrada del autobús, el hombre que le custodiaba ha ido a ayudar también a extinguir el fuego y él está tranquilamente observando la escena desde ahí arriba. El cabo le mira de hito en hito, aunque la tensión no le deja asombrarse del todo, pasan unos segundos hasta que se repone de la visión de su estrafalaria indumentaria. Ha tenido tiempo de cambiarse la equipación tan desjironada y sucia de Los Angeles Lakers de ayer por una flamante y nueva de los Chicago Bulls, zapatillas incluidas.

-Pues venga, seas quien seas, baja y mi compañero te va a explicar lo que tienes que decirles, porque ahora mismo están estorbando más que ayudando.

Darío se pone en marcha, pero antes coge del brazo al jefe y le dice unas palabras al oído. El rostro de ese hombre por una vez muestra cierta emoción, al abrir los ojos un poco más de lo normal y su rictus anguloso tornarse aún más tenso.

El joven baja corriendo y le pregunta al compañero del cabo, que en seguida le dice unas órdenes. Darío se hace oír y empieza a gritar órdenes que los hombres de azul agradecen porque así saben lo que tienen que hacer. Un hombre sube a la plataforma y comienza a cargar cubos de agua de una manguera que hay por allí y la echa en la zona sin quemar que les separa del fuego, ya a escasos veinte metros de los vehículos. El resto se prepara unos batefuegos con escoberas y golpean la base de las llamas desde la parte ya quemada de barlovento, por donde ha avanzado el fuego. En dos minutos se nota la mejoría. Los hombres son disciplinados y trabajan con denuedo.

El cabo conmina a la juez a alejarse un kilómetro de la zona con el coche de la Guardia Civil, ella se niega, aunque se aparta unos metros hacia la salida por el camino.

Pasan unos minutos en los que Marina solo sabe mirar impotente y bastante desconcertada como los hombres que la han escoltado y los hombres a los que iba a investigar luchan juntos contra ese fuego que de forma tan inoportuna se ha provocado en el extraño campamento del que quisiera averiguar todos sus secretos. Aún cuando de nuevo no era la manera más ortodoxa de proceder, pensó que plantarse ahí acompañada de la Guardia Civil iba a impresionar y allanar el camino para enterarse de lo que estaba ocurriendo. Merced a la actuación que fue obligada a hacer, facilitando un secuestro, no sabe cuanto va a durar en su puesto como juez, pero mientas tenga el cargo y la autoridad que le confiere, quiere llegar hasta el final. Ceder ante esa llamada fue una debilidad, pero no volverá a ocurrir.

De repente ve una especie de aparición. Como un Prometeo que hubiera perdido el sentido, un hombre armado con algo parecido a una antorcha surge de en medio de las llamas y sube por el talud, arroja el palo encendido debajo del autobús y se vuelve a introducir de nuevo en la masa forestal y de monte bajo. El palo no ha prendido debajo del vehículo y el jefe alto consigue apagarlo sin que se propague el fuego, con un simple cubazo de agua.

Oye unas sirenas y de improviso aparece el camión autobomba del retén de incendios del pueblo. Tiene que apartarse rápidamente del camino, no parecía que se fuera a detener antes de atropellarla. Antes de que se detenga el vehículo, ya están bajando del mismo sus ocupantes, excepto el conductor. Son ocho personas vestidas con trajes de faena de color pardo y amarillo. No les ve la cara porque bajan con unas caretas protectoras. Tres desenrollan una manguera y en seguida están regando la zona de las llamas y el poco espacio que quedaba sin quemar antes de la zona de aparcamiento de los vehículos. Otros armados de palas y batefuegos atacan el frente del incendio. Hay un vehículo todo terreno detrás, donde debe ir el técnico responsable. Ve sorprendida como se suceden unas pequeñas explosiones merced a unos artilugios que han colocado.

Por encima del chisporroteo del incendio, se oye el tableteo cercano de un helicóptero. En unos segundos, el ruido se convierte ahora en ensordecedor, el viento que genera aumenta el caos del recinto. Un impresionante Kamov K32 de fabricación rusa sobrevuela la zona a escasos cincuenta metros por encima de las llamas. Trae colgando un Bambi-Bucket del que pronto caen mil doscientos litros de agua en el frente de fuego. Cuando se eleva y se aleja de la zona, la situación está mucho más controlada, la descarga de agua y retardante ha hecho milagros.

Marina está a unos cincuenta metros del lugar donde está ocurriendo todo, en un punto de observación privilegiado, ha visto la operación perfectamente. En unos minutos prevé que lo tengan controlado; a lo mejor es el momento de seguir con las pesquisas informales, debe aprovechar el factor sorpresa antes de que alguien le pida una orden de registro.



Sara ahora está bebiendo agua sentada en una piedra. Cuando empezaron a acercarse las llamas a la caravana, una vez que comprobaron que la juez se había retirado a cierta distancia y que los dos guardias civiles estaban ocupados con el incendio, un hombre avisó a sus guardianes con unas frases cortas en inglés y la condujeron a unos metros por detrás de los vehículos, en un pequeño claro en la vegetación formado por un grupo de grandes rocas graníticas, único obstáculo para que las jaras no hayan colonizado completamente el terreno.

Aparecen Darío y el jefe. Traen mala cara.

-Os han dado vuestra medicina, eh.

-Ese gilipollas de tu amigo nos la ha hecho buena. Casi quema todo esto. Nos podía haber matado.

-Ahora tenéis un problema, ¿Esto como va? ¿Qué vais a hacer, matarme a mí y luego a él? Dime qué vais a hacer conmigo.

-Yo no te voy a hacer nada, no te confundas. Y no te pongas peliculera, que te están protegiendo.

-¿Protegiendo? Te recuerdo que estos hijos de puta tan majos me metieron en un coche y me tiraron barranco abajo. No me siento muy segura con estos maromos, perdona.

Interviene el jefe.

-No queríamos matarla, señorita. La idea era advertirla y adquirir su silencio con miedo. No somos asesinos, somos científicos.

-Pues muchas gracias, me doy por enterada.

-Lo que ustedes llaman el BRIM no es más que una fundación que aúna varias empresas tecnológicas y de investigación cuya base está en el MIT. Nosotros somos registradores del proyecto que lideraba Darío. –Ha puesto énfasis en el tiempo verbal de la última frase, al tiempo que lanzaba una mirada significativa al joven.

-Ya, y las abejas asesinas son para colonizar Marte, ¿no?

-No le niego que algunos de nuestros benefactores son empresas relacionadas con la industria armamentística, pero es que allí no tenemos el prejuicio que tienen aquí con estos temas. Se está financiando una investigación única en el mundo, desplazando equipos, personal y laboratorios a su país. Promocionamos becas, empleos… Sepa que cuando se alcancen los objetivos, estos insectos pueden salvar miles de vidas. Su olfato es mil veces superior al de los perros. La manipulación genética es mucho más sencilla, así como el control de colonias. Además, son más baratas y hasta producen miel.

-Ja, miel del Pentágono. Qué sería, ¿de mil capullos en lugar de mil flores?

-Y usted ¿Qué candil tiene en este cementerio? –Exclama el jefe, visiblemente enfadado- Cuando terminemos con esto nos ocuparemos de usted, no va a volver a trabajar para una institución pública en su vida.

-Uuuuuuuh qué miedo. Vete a la mierda, hombre. Y aprende español, o por lo menos no uses frases hechas sin sentido. Eres ridículo.

Les interrumpe una llamada a un walkie que lleva el jefe colgado del cinturón. Se coloca un auricular y contesta. Su cara de hielo tuerce el gesto mientras escucha. Apaga el aparato. Se dirige a Darío y le susurra algo entre dientes. Darío le responde en inglés y el jefe da orden a uno de los dos hombres que están con ellos para que reúna a tres más. El gigante que sujeta a Sara le indica que echen a andar.

Darío se dirige a Sara.

-Vamos. Hay humo arriba, junto al súper enjambre.

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