CAPÍTULO 13. La caza del enjambre.



Sara querría ver desarrollarse la escena apartada, en segundo plano. Como un reflejo de la escena ya vivida cuando perseguía al investigador por las pistas de montaña, no muy lejos de allí, se vuelven a juntar los tres protagonistas. Hoy la diferencia es que ella conoce bastante mejor a los otros dos integrantes de ese extraño menage a trois. En medio del camino se ha plantado Carlos. Ella está junto a él, aunque algo desplazada. Llega Darío precedido del ruido estruendoso del motor de su quad y seguido de una estela de polvo. Se detiene, solamente la mira a ella a pesar de tener a Carlos enfrente. Se quita el casco y apaga el vehículo.

-Hola. – El topógrafo por ahora sigue siendo inexistente.

-Hola.

-¿Estás bien?

-Más o menos.

-¿Quién es este? ¿Qué haces aquí?

-¿Y tú?

-Yo he venido a terminar esto, ¿Qué haces tú?

-Yo también estoy aquí para acabar con esta mierda. Han intentado matarme. Carlos me ha salvado.

Hay un silencio, Darío reflexiona, mirando de hito en hito a Carlos.

-¿Qué hacéis aquí?

-Entre los tres vamos a destruir ese enjambre. –Dice Carlos.

Darío le mira a la cara por primera vez, aunque enseguida vuelve a ella.

-¿Ahora somos tres? – Le pregunta a Sara con tono sarcástico.

-Sí. Éste se conoce la sierra de pe a pa y nos va a llevar lejos de tus amiguitos, que no sé si lo has oído pero aparte de tirar mi coche por un barranco, han intentado matarme.

-Sí. Lo he oído y me lo creo. La situación se está desbordando por todos lados. ¿Cómo fue?

Carlos carraspea.

-Si no os importa, luego os lo contáis, andando, tenemos un buen trecho hasta arriba de la sierra…

-A ver, a ver, yo creo que podríamos hablar esto un poco ¿no?

Darío no está cómodo con esta nueva situación. No es lo que había planeado cuando se ha despertado esta mañana en Navalmoral. Ahora de repente se ha encontrado con Sara, acompañada de este extraño personaje, al que aún no ubica el papel que tiene en este asunto.

-No hay opción. Tú sabes cómo destruir eso, ¿verdad?

-Sí.

-Vale, yo creo que ubico donde está el enjambre ese, según las indicaciones de Sara. También sé donde está tu laboratorio, que es donde deben estar esos amigos vuestros. Os puedo llevar allí arriba por trochas, sin que esos tíos nos puedan alcanzar. He preparado dos mochilas para vosotros, podemos estar allí a última hora de la tarde, supongo que es mejor meterles mano a vuestros bichos a primera hora de la mañana. Tomad. Andando.

Les suelta las mochilas y echa a andar. Los otros dos miran su contenido, agua y un tupper que parece de comida. Un saco de dormir. Linterna.

-Madre mía, ¿de dónde has sacado a este tío?

-Lo dices como si tú fueras el más normal. Parece de confianza. Yo que sé, ¿acaso se puede hacer otra cosa? Hay que acabar con ese enjambre y te necesitamos. Ven con nosotros.

-De acuerdo, si es verdad que nos puede llevar a estar a primera hora de mañana en el sitio, quizá tengamos una oportunidad. Pero no podremos pasar por el laboratorio, ellos seguro que están ahí, robándome mis datos y aprovechando los resultados de mis observaciones. Habrá que improvisar, o por lo menos verlo de cerca. Tengo muchas dudas que quisiera resolver.

Empiezan a andar. Han dejado el quad en una cuneta. Carlos va el primero, a buen ritmo, aunque de vez en cuando aminora para que Sara y Darío no pierdan el paso. El calor es asfixiante. Las chicharras no dan tregua en su estridente canto de amor. A la media hora, se detienen en un pequeño regato de agua. Sudan sin parar. Darío se dirige a Carlos.

-Lo que no entiendo, señor guía, es por qué sabes que no nos van a interceptar.

-Pues mira, ¿has intentado cruzar un jaral alguna vez? Esta ladera se quemó hace cuatro años. Ya estaba quemada de antes, así que ya había sido colonizada por las jaras. La jara es una especie pirófila. A la primavera siguiente al quemorro, la semilla de esta planta germina que es un gusto y se aprovecha de la muerte de sus competidores. De resultas, se crea la más jodida y tupida selva de arbustos pegajosos que te puedes imaginar. Por esta trocha por la que vamos solo pasan jabalíes y a veces yo. Por lo que me habéis dicho, esos del BRIM están por encima de Mesas Llanas, así que están en la cumbrera, dando vista al lado de la umbría, al otro lado del valle. Es fácil vernos desde ahí si no tienes otra cosa que hacer y miras por unos buenos prismáticos, pero no tan sencillo ir a por nosotros. No desde luego si no te sabes las trochas, es imposible intentar cortarnos el paso atravesando esto, se tardan horas en avanzar unos metros si no hay camino.

-¿A qué hora llegaremos?

-Pues al apardear podemos estar a quinientos metros o así de donde decís que están vuestras abejas transgénicas. Eso sí, llenad las botellas de agua que por allí no vamos a ver ni una gota.

-Mutantes. Abejas mutantes. Mejor dicho mutadas.

-Bueno, lo que sean, ese engendro que has parido.

-Yo no…bueno, mira, déjalo. Si nos llevas allí como dices, genial. Ya me ocupo yo por la mañana.

Echan a andar de nuevo, durante varias horas. A veces tienen que agacharse para cruzar por túneles en el jaral, como si los jabalíes al pasar hicieran un molde con su rechoncha figura. Por lo demás, en general la marcha es bastante rápida.

Sara reflexiona mientras sigue la figura de Carlos a la vez que intenta mantener su ritmo de caminar entre las jaras. No es fácil, cuando se acerca recibe algún ramazo que suelta al pasar. Piensa otra vez en el hecho de que han intentado matarla. Está viva de milagro. Hay personas que quieren que muera. Gente sin escrúpulos, capaz de quitarle la vida. La situación le da vértigo, la percepción de que en estos instantes podría estar muerta la empieza a asfixiar más que el calor que les envuelve, el ejercicio físico y la falta de la más mínima corriente de aire. La injusticia de saberse una pieza que involuntariamente está en una siniestra partida de ajedrez que ni le va ni le viene, encima ser una pieza sacrificable, la cabrea y la atemoriza a partes iguales.

Han intentado matarla. Otra vez, el pensamiento no se le va de la cabeza. Repetidamente se imagina unas manos crueles que la meten en un coche ardiendo. Y le debe la vida a este extraño hombre que se ha convertido también de forma involuntaria en otra pieza de este juego absurdo y desquiciado, seguramente también sacrificable. ¿Cual es su papel aquí y por qué les ayuda? Ciertamente él no tiene opción, a no ser que saliera corriendo y se refugiara en el pueblo o denunciara todo este embrollo a los guardias civiles de verdad. No le ve haciendo eso, más bien le ve como una especie de Noé enfrentado a todo y a todos por su visión particular de la justicia dentro de su territorio. El ranger del monte, piensa sonriendo internamente, una mala copia de Chuck Norris. Este personaje se percibe a sí mismo como una especie de alcalde de la sierra, con autoridad sobre lo vegetal, animal, mineral o humano. Se pregunta qué tipo de persona socorre a una accidentada, la administra sedantes y decide que no tiene nada roto ni contusionado grave. “Demasiado tiempo solo, ha pasado este tío. Tantas semanas por aquí, al final se ha apropiado de algo que no es suyo”. Piensa que esta zona es su hogar o su cortijo. Bueno allá él, por ahora parece que les ayuda.

En el caso de que sea verdad que está haciendo un trabajo de topografía por aquí, lo que tampoco es que sea muy creíble. Viviendo él solo en cabañas de pastores durante semanas…claro es que lo hace a su bola y que no parece tener muchas prisas. Supuestamente le ha sacado del coche, pero ¿y su coche? Con esta sucesión de acontecimientos, todavía no le ha visto. Se empieza a preguntar si todo eso del accidente es verdad o no.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Carlos se para, deja la mochila en el suelo, saca unos prismáticos y le indica una dirección. Efectivamente, cuando enfoca a ese punto brillante que está señalando, ve su coche destrozado, por debajo de la curva donde dijo que la echaron. Más angustia, se marea. Ahí podría estar ella, de no ser porque Carlos la salvó de esa gente. Se pregunta qué estarán haciendo ahora respecto a ella, supone y concluye que estarán esperando a que la encuentre alguien y de la voz de alarma en el pueblo. Así funcionaría su plan de que parezca un accidente. “La porrera de la veterinaria se ha estampado por la noche ella sola en un camino de la sierra, a saber qué estaba haciendo por allí y como iba”. Tiene que reconocer que el ardid es bueno. Un escalofrío le recorre la espalda cuando se da cuenta de que eso quiere decir que saben la vida que lleva en el pueblo y la relación que tiene con el microcosmos social que la rodea. Lo saben todo sobre ella y ni siquiera sabe qué o quienes son esos del BRIM.

Siguen caminando. Darío no se queja, no demuestra ninguna emoción, simplemente anda detrás de ellos. A saber qué pensamientos pergeña en esa cabeza supuestamente privilegiada.

La trocha no ceja en su espesura. La temperatura es superior a los treinta grados. No se mueve el aire. Cuando hay un pequeño claro, la leve brisa que aparece en lugar de refrescarles les hace sentir la impresión de estar respirando fuego. Están arañados y pegajosos por las ramas y hojas de los arbustos que a veces les cierran el paso de tal manera que parece que no van a poder, pero Carlos siempre encuentra el rastro de los jabalíes. A pesar de la dificultad, la trocha no se interrumpe y con el esfuerzo que están realizando, no dejan de avanzar. Lo cierto es que caminan a buen ritmo para el tipo de terreno y vegetación que están atravesando.



Desde la umbría donde está el laboratorio de Darío, la mirada fría y azul les sigue con unos prismáticos. Como predijo Carlos, el intento de interceptarles por medio de tres hombres enviados a tal fin ha resultado imposible, no sabían ni por dónde empezar a buscar un camino que les llevara hasta ellos. No han sido capaces encontrar el arranque de la trocha. Incluso animosamente intentaron atravesar el jaral desde el punto más cercano que pudieron, tras una hora en la que avanzaron menos de cien metros, desistieron del intento.



Los tres caminantes han vaciado las botellas de agua del único regato que encontraron hace varias horas. La equipación de los Lakers de Darío con el número 16 de Pau Gasol está hecha jirones. La camiseta de Sara está empapada de sudor.

-Joder, me estoy asando en mi propia grasa. Más te vale que esto sirva para algo.

-Bueno, el concurso de camisetas mojadas creo que lo ganas tú.

Darío mira a Sara golosamente, sin ningún disimulo y con una sonrisa socarrona. Sara le mira, hace una mueca de asco y le responde con desdén:

-Vete a la mierda.

Carlos les conmina a seguir andando. Mira el GPS de mano y una brújula.

-Si está donde habéis dicho llegaremos en una hora.

-Pues entonces debemos descansar, porque todavía quedará luz.

-¿Te refieres a que conviene llegar de noche?

-Claro, nuestras niñas son muy buenas y van todas a casita antes del anochecer, no les gusta salir, aunque haya gente cerca de su colonia. Eso sí, como haya luz date por jodido, es su instinto.

-O lo que les quede de ese instinto, a saber cómo se comportarán esos engendros que habéis creado.

-Oye, te repito que solamente tienen atrofiadas una serie de variables…

Carlos no le deja terminar la frase.

-Que sí, tío, sigue caminando.

Avanzan hasta un pequeño collado y entonces ven el nacimiento de la garganta, un valle excavado por un pequeño glaciar en el Cuaternario y después por la erosión fluvial de alta montaña. Están en el límite de la vegetación. A partir de ahí rocas, piornos y algún prado forman el paisaje. A trescientos metros hay una especie de cabaña semihundida, justo donde acaban las plantas de monte bajo. Estaba fabricada con rocas y piedras, el techo era de vigas de madera y tejas. La pared sur y la mitad del techo están derrumbados. Los pastores que la construyeron buscaron bien el sitio, está cerca de un trampal donde nace un pequeño arroyo. También la han elegido las abejas. Darío les ha señalado con el dedo la caseta, aún a la distancia que se encuentran, se distingue un revoloteo oscuro e informe. Con los prismáticos, alcanzan a ver una enorme masa negra colgada de lo que queda del techo. Tiene la altura de un hombre, su superficie se agita continuamente merced a decenas de miles de potenciales asesinas que velan por el enjambre.

Sara de repente empieza a manotear y a sacudirse el pelo. Frenética y asustada no hace más que golpearse la cabeza, la escena resultaría cómica en otras circunstancias. Rápidamente, Darío la sujeta y le aplasta una abeja que se le ha quedado enredada.

-Es que estos pelos... –Dice con una sonrisa que no es correspondida.

-¿Estamos seguros aquí?-Pregunta Carlos.

-Creo que sí, ya casi no hay sol. Esta abeja se ha enredado en el pelo, pero no ha ido a picar. De todas formas, creo que lo mejor es no mostrarnos mucho. Ese enjambre es enorme, uno normal pasaría de nosotros a esta distancia, pero con ese tamaño no estoy seguro de que alguna guardiana se diera una vuelta más lejos de lo habitual.

-¿Entonces?

-Lo mejor sería estar inmóviles y discretamente ocultos hasta por la mañana, me intentaré acercar un poco y observar bien ese enjambre, para saber a qué atenernos.

Carlos se gira sobre sí mismo observando el entorno.

-Por aquí había…allí.

Señala un grupo de piedras. Van hacia allí y les señala una cueva formada accidentalmente cuando una enorme roca dio por caer apoyada en otras dos, hace cientos de años. Algún cabrero se entretuvo en acondicionar ese espacio para fabricar un refugio provisional. El suelo es de arena y hay una pequeña pared también de piedra, de medio metro de altura colocadas simplemente amontonadas para tapar la corriente de aire. En el espacio podrían caber hasta cuatro personas. Con el cansancio que llevan encima, les parece acogedor. La boca de entrada está orientada hacia la cabaña derruida. Se tienen que acercar un poco más al enjambre, lo que hacen sin disimular recelo.

-Es un vivac, echarme una mano. –Sin que nadie se lo diga, Carlos ha bajado la voz, también ellos intentan no hacer ruido. Se percibe el murmullo sordo y grave del enjambre en la cabaña, apenas a doscientos metros.

Empieza a arrancar escoberas y brezos, doblándolos y quebrándolos con el pie. Ellos intentan también recopilar arbustos pero apenas son capaces de hacerse con alguna planta, sobre todo porque intentan sacarlas tirando, en lugar de hacerlo quebrándolas en la base como hace Carlos. Al final, se dedican a colocar las plantas que trae y ponerlas en la entrada. En media hora han hecho una especie de pared tapando el hueco frontal del refugio.

Darío parece satisfecho.

-Perfecto, debajo de esta vegetación es difícil que a una abeja le apetezca buscar nada.

-Pues a dormir, tenemos unos tasajos y nada de agua. Habrá que aguantar con eso la noche.

Ya se ha ido el sol. No hace falta insistirles mucho. Comen en silencio la carne seca de cabra fuertemente curada con pimentón y se tumban metidos en el saco. Es incómodo no cambiarse de ropa y dormirse sucio y sudado, sin embargo, están tan cansados que a ninguno parece importarle.

Sara apenas tiene tiempo de reflexionar sobre la más extraña noche de acampada de su vida, su espalda roza la de Carlos y esa calidez la reconforta levemente. Enseguida cae dormida en un inquieto sueño.

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