CAPÍTULO 11. Actuación judicial.



La juez Marina marca un número. No contesta. No puede dejar de hacer esa llamada, a pesar de todo el papeleo y olas de información que debe procesar, ordenar… Vaya tarde, está molida. Ya está hecho lo más desagradable, la actuación presencial. Ahora a recibir la información de los profesionales y a dar curso a los expedientes. La relación con el forense y el secretario judicial cada vez es más complicada, han estado de lo más impertinentes y remolones en su trabajo.

Sin embargo, nada de eso ocupa su cabeza porque antes de volver a su labor debe cumplir cierto encargo. Si toda esta situación le supera, esta comunicación ya pasa el límite del surrealismo.

Queda hacer esta llamada. Hay que ir quemando etapas, sobre todo si quien las encarga es jefe de jefes. Repite el número, sabe que está disponible y que tiene cobertura.

-¿Si?

-Hombre, por fin te encuentro. ¿Cómo te va?

-Eh…bien….bueno, mal, claro. Con toda esta movida. Joder, es demasiado. No lo sé. Todo esto es muy fuerte.

-¿Estás conduciendo? Apaga el motor.

-Lo has adivinado. Estoy en el coche. Ya, ya me he parado, no te preocupes. Me han mandado los civiles que me salga al aparcamiento de la Chorrera. Menos mal que no estaba el pesado éste. Había un atasco del copón para llegar al pueblo y me han dicho que me salga, así que estoy aquí parada, aunque ahora no hay nadie, no lo sé, qué raro. Marina, me he enterado de muchas cosas en muy poco tiempo, esto es un embolado de la leche, aquí hay metida gente de fuera, militares, qué se yo.

-Lo sé, créeme que lo sé.

-No, no lo sabes. No te puedes ni imaginar…

-Sara. Sí lo sé.

Pasan unos segundos en los que Sara percibe que la juez puede llegar a conocer quizá incluso más que ella. El tono de la voz y esas últimas cuatro palabras le indican que Marina tiene alguna conexión con la famosa institución, organismo o lo que sea llamada BRIM, por lo menos sabe que existe y sus implicaciones. Vía relaciones institucionales, la empresa o agencia o lo que quiera que sea ese nombre siniestro ha llegado hasta su ¿amiga? y seguramente le haya dado instrucciones o indicaciones de cómo tiene que moverse. Ese “Sí, lo sé” no puede significar otra cosa. Ahora lo que no ubica es el motivo de la llamada, aunque rápidamente le llega la intuición de por donde van los tiros.

-Me parece que ya no necesitas el informe.

-No. Bueno, sí. Sí que lo voy a necesitar, aunque ahora te puedes imaginar que tengo otras prioridades.

-¿Tapar esto?

Otro silencio.

-No, no hay que taparlo. Hay que actuar por el bien común. Aquí se están moviendo unos hilos que están cogidos muy arriba.

-Vamos, que me llamas para que me meta en mi casa y ni salga ni hable con nadie.

-Pues mira, más o menos, lo que te voy a pedir es que…

-Ostia, Marina, ¿estos quienes son? ¡Joder! ¡Tú, no toques el coche! ¡Suéltalo! Que arranco eh, quítate de ahí…

Por el auricular del aparato, Marina oye la escena que está viendo a distancia. Está en una curva de la carretera general, llamando por teléfono a la veterinaria. Se ve el aparcamiento para turistas de la Cascada del Diablo –la Chorrera dicen en el pueblo- adonde han desviado al coche de Sara. Cuatro hombres le han rodeado y se abalanzan sobre la chica. Las manos de la juez se crispan en el aparato. Su mirada gira hacia unos altos ojos azules, fríos como el hielo, en un rostro hierático y anguloso.

-No se preocupe ni lo más pequeño. Como le han dicho, es por el bien común y sobre todo por el bien de ella. No va a sufrir ningún daño.

No dice nada. Ve el coche que se lleva a Sara. Se repite a sí misma que no ha podido hacer otra cosa, que la llamada y las credenciales que ha recibido de estas personas la han obligado a traspasar y conculcar en un rato casi todo lo que ha estudiado durante diez años, empezando por la Constitución y terminando en el Código Civil. A pesar de lo que le han prometido –y de lo que puede tener asegurado, merced a la información que ha recibido y lo que conoce de la gente que se lo ha mandado, Ministerio del Interior incluido- sabe que ya nunca va a ser juez. Ya no va a poder. Su conciencia se lo va a impedir. Si quisiera, le pondrán una plaza donde le venga bien. También un puesto en una gran empresa, incluso un cargo político a cargo del gobierno, pero no es eso lo que había deseado cuando se ha levantado esta mañana para ir a cumplir su trabajo en su oficinita de Jarandilla. Marina sabe que ya nunca sería capaz ni de poner una multa de tráfico. Ya no. Pero claro, no se recibe todos los días a unos señores que le ponen delante un ordenador con una videoconferencia en directo con la ministra del interior.



Ha sido azar. O quizá una conjunción de variables. El caso es que por una extraña alineación de las circunstancias que se están encadenando, del instante en que estas están sucediendo y del lugar que ocupan en cada momento, justo cuando iba a coger el desvío a la izquierda para subir de nuevo a la sierra a organizar la caza y destrucción del superenjambre del día siguiente, ha tenido que apagar el quad para ajustar el manguito de la gasolina y apretar la abrazadera con una palomilla que le puso el chico del taller. “Le das demasiada caña” le había advertido.

Ya de noche y a pesar de todo lo que ha pasado y del bullicio de policía, ambulancias, curiosos…que rodea a la piscina, en ese sitio domina ahora un extraño silencio. Es un sitio fresco, a tiro de flecha del arco de piedra y cemento que supera la carretera. Alguien le podría haber dicho que se llama el Arco del Portichuelo. Hace unas horas, pasaba por aquí a toda velocidad con Sara, antes de conocer el alcance y la desgracia del ataque del enjambre enfurecido en la piscina. Ahora, en esa tranquilidad que el campo ofrece ahora, indiferente a lo que está ocurriendo en el mundo de los humanos, mientras se inclinaba sobre la máquina, ha oído el murmullo de unos susurros. Muy cerca. Distingue el bulto de un coche que conoce, apartado de miradas indiscretas en la entrada a una finca desocupada. Sospecha con quien le han montado una cita esta noche, ciertos ojos azules que no le apetece ver de nuevo, y hoy menos. Así que arranca con un acelerón y se lanza camino abajo, por la derecha, eludiendo el camino que sube a su laboratorio. Inmediatamente suena el tono de Megadeth en el teléfono que identifica a una llamada del BRIM. No lo coge y se dirige hacia la carretera principal, no sabe donde dirigirse pero está seguro de que por ahora quiere poner tierra de por medio.



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