CAPÍTULO 10. Fase C.



-No te he mentido. No del todo. Es cierto que soy biólogo por la UEX, también es cierto que conseguí una beca para ir a Estados Unidos gracias al primer premio de tesis doctorales de mi promoción a nivel estatal. Mis estudios sobre las abejas se desarrollaron en paralelo y sin saberlo con una investigación del MIT de Massachussets, el premio y el artículo en Science les puso sobre aviso. Me ficharon en cuanto pudieron. Me fui para allá. Un año. Sin embargo, los objetivos de ellos no eran exactamente los mismos.

-¿Por?

-La interacción con las abejas y el ordenador se suspendió, de hecho, esa investigación era una tapadera. El propósito es utilizar las abejas para fines militares.

-Lo estaba viendo venir. ¿Quiénes son?

-Digamos que es el BRIM.

-¿BRIM?

-Bee Research Institute for Military Intelligence, Instituto para la Investigación Apícola de Inteligencia Militar. Los que pagan, los que patrocinan el proyecto. No te puedo decir más.

-¿No me puedes decir más? Venga ya.

-Sara, por favor. Esta gente no son cuatro papanatas. Es una organización terrible, con una jerarquía extrema. El jefe delegado para España es un loco, casi un psicópata. Solamente le importa la investigación y que  en el informe mensual se vean avances. Le da igual todo. Tiene un equipo de gente de unas veinte personas o qué se yo, una especie de guardia personal.

-Pobrecito. Venga, sigue.

-Gracias. Sigo. Hemos llegado a la fase C.

-¿No era la B?

-La B era la segunda fase de mi proyecto, nunca se llegó a alcanzar, ni propósito había. La C era lograr que sobreviviera la nueva especie modificada genéticamente en su hábitat natural.

-¿Abejas transgénicas? Habéis hecho unas abejas locas. Y asesinas.

-Pues algo así. Se les ha provocado una mutación a través de un virus inoculado a la abeja reina, de tal forma que toda su prole –ya sabes que todas las abejas de una colmena menos la reina, incluidos los zánganos, son hermanas- son una especie nueva.

-Joder, pues permite que te felicite. Creo que ya lleváis cinco muertos. Estáis locos.

-Deja que te explique. Esto que está pasando no tenía que pasar. Hay que analizarlo con calma, capturar a los especimenes. Ver qué ha fallado. Todo ha dado un giro inesperado.

-¿A esto lo llamas un giro inesperado? Macho, si quieres te damos el premio Nobel. Te repito que ha muerto gente. HA MUERTO GENTE. Tú no viste a Mateo, si te pasara a ti no pensarías en las abejitas como si fueran líneas de código de un programa informático. Habéis creado una aberración de la naturaleza y ahora no sabéis controlarla.

-Sí que sabemos. Además te digo que esto es un problema…eh, temporal. Las abejas reinas modificadas no producen reinas fértiles, es imposible. Así que solamente hay una generación viable.

-Pues que yo sepa las reinas viven hasta cinco años, listo. Y además también pone zánganos, individuos machos.

-Sí, es cierto, pero no más de tres o cuatro años. Y no pueden poner huevos que produzcan individuos fértiles, ni machos ni hembras. Así que lo que haya pasado, está controlado. O acotado si prefieres decirlo así.

-Joder, pues menuda solución. Unos genios, tú, los del MIT y sus amiguitos militares. Tres años, mira la que han montado en dos días.

-Te digo que sabemos controlarlas. Estas abejas son sensibles a una frecuencia de ultrasonidos, también está introducido en su código genético.

-Ahora me vas a decir que con un silbato para perros se podría haber evitado esto.

-Bueno, más o menos es un silbato para perros, sí. Se les dispara un sonido y se quedan quietas, es alucinante. Eso es lo que voy a hacer.

-¿Cuándo?

-Mañana, a primera hora. Tengo el dispositivo en el laboratorio. Podemos estar a las siete rastreando para encontrar el enjambre. Encontrarlo y desactivarlas.

-Lo primero, que no me creo que sea como quitar el enchufe a un móvil y lo segundo ¿nosotros? ¿De qué vas?

-Pero, yo creía…que tú y yo…

-¿Qué? Sal del coche.

-Sara.

-Ni Sara ni leches, pero qué te has creído tío. ME DAS ASCO. Pírate.



Eso sí que no se lo esperaba. Sale del coche. No pensaba dar un portazo, ya lo da ella por él. Después, arranca y se va. Él se queda solo en ese aparcamiento. Solo como no ha estado nunca, y eso que ha sido durante toda su vida el bicho raro de la clase, del barrio, de la familia. Lo más parecido a una relación afectiva no familiar que recuerda ha sido conducir como un loco por los caminos de la sierra hacia su laboratorio, seguido por Sara, hace unas horas que ya se le antojan como días lejanos. Luego el sexo y en seguida, Sara otra vez a kilómetros de distancia sentada en esa roca. Desnuda y distante como una estatua de museo. De nuevo esa sensación de ser la persona más solitaria de la Tierra, de haber nacido para ver la humanidad desde fuera.

Cuando estuvo en los Estados Unidos, se recreó a menudo con ese sentimiento. Allí era más llevadero, al fin y al cabo, es normal en sus circunstancias estar un poco retraído del resto de la gente, compañeros de estudios y de trabajo. Además, ser raro allí era ser normal, en medio de toda la vorágine del MIT, con tanto científico loco, lo que se estilaba era ser un asocial. Pero de vuelta a España, volvió la percepción de estar viviendo en otro planeta, de que los amigos virtuales de Facebook, Twitter y Tuenti eran más reales que las personas; vivir en un laboratorio secreto y clandestino en medio de la sierra solamente conectado del mundo por medios telemáticos y por una bajada semanal al súper del pueblo no ayudaba a la integración con la gente real.

Él mismo se había diagnosticado un problema de una falta de habilidades sociales y de empatía con su propia especie. Hacía tiempo que lo había asumido y comprendido. Nunca iba a tener una relación normal con nadie.

En toda esta vorágine ¿qué percepción tenía? No había podido reflexionar hasta entonces, había sido un día de locos. Sí, había muerto gente. Podía ver los coches de los ataúdes aparcados a unos metros de él. También estaba lo de ese apicultor, el del colmenar AJ-2. Le había cogido cierto cariño, a través del seguimiento (sin que él lo supiera nunca) de los datos del colmenar, la cámara oculta y la introducción del enjambre MOD2AAA; el hombre subía cada semana, nada más que a dar una vuelta, se veía que le tenía cariño a lo de las abejas.

En este momento sí era capaz de asumir una pérdida humana. Se sorprendió a sí mismo al darse cuenta de que las otras personas que habían fallecido no le causaban mayor emoción que las complicaciones que podían acarrearle, a pesar de tener un buen porcentaje de culpa. Eso no le hacía el mejor de los hombres, ya lo sabía, pero verlo y sentirlo en ese momento le causó una impresión fuerte; se dio cuenta de lo avanzado que estaba su desapego con sus semejantes.

“Hay que solucionar esto”, pensó. Aunque solamente fuera a efectos prácticos y por intentar continuar con la investigación de alguna manera, quizá en otro lugar del mundo, la prioridad ahora era desactivar ese enjambre, anularlo, recopilar toda la información posible y reiniciarlo todo. Claramente, en unas horas debería dar cuenta al BRIM de los avances y alcances de todo lo sucedido. Habría que tener deberes hechos para entonces, sabía que en breve iba a recibir otra llamada.

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