CAPÍTULO 1. Primer ataque.


PRIMER CAPÍTULO DE LA NOVELA


Aquí tienes un avance de APIS SAPIENS en formato PDF, en línea para que lo puedas leer en tu tableta, libro electrónico, móvil, ordena, etc. Si eres nostálgico -como yo- de leer en papel, pues ya sabes, a imprimirlo y encuadernarlo para poder leerlo tranquilamente pasando sus once páginas (el libro completo consta de 125 páginas). He elegido los formatos PDF y EPUB por ser los más versátiles para cualquier tipo de plataforma y dispositivo.


 
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Capítulo 1. Primer ataque.


La chicharra se afana en atronar el pinar con su canto rasgado, monótono y penetrante. Hace calor. Dentro del traje de apicultor, un sudoroso Mateo sopla con el ahumador unas cuantas bocanadas de humo sobre los cuadros de la colmena. Enseguida se despejan de abejas. Siguiendo el proceso habitual, mueve ligeramente con la espátula un cuadro, haciendo palanca con los contiguos a fin de romper la capa de propóleos que los mantiene unidos como pegamento. Entonces puede extraerlo para observarlo por los dos lados. Satisfecho, comprueba que la cosecha este año va a ser excelente.

El cuadro tiene todas sus celdas llenas de miel y tienen su opérculo, ya las abejas han tapado el valioso producto con un tapón de cera para que así esté perfectamente conservada. En un par de semanas, procederá a la castra del colmenar, la recogida del tributo que les hace pagar a las abejas por darles cobijo, alimento en invierno, cura contra las enfermedades… es un precio ventajoso para Mateo, habida cuenta de la cantidad de abejas que tienen que trabajar –y morir- para conseguir una cucharadita de miel.

Ha abierto diez colmenas, le quedan otras tantas en su colmenar. Sigue examinándolas someramente, solamente por el gusto de comprobar que, de nuevo, sus colmenas le van a dar un rendimiento de –estima a ojo de buen cubero- más de quince kilos de miel cada una. Canturreando la jota del Uno, abre la colmena que está en el medio del colmenar, la niña bonita. Toda la primavera ha sido la que mejor ha progresado, más que ninguna. En cuanto echa las primeras bocanadas de humo por la piquera, nota algo extraño.

La colmena se ha puesto en murmullo, lo normal. Lo que ocurre es que este murmullo es distinto. Suena mucho más profundo y con mucha más potencia. De hecho, se eleva por el resto del abejeo del resto del colmenar. Extrañado, Mateo, abre la tapa y observa que la población en ella es aún mayor de lo que se esperaba. No se ven los cuadros de la cantidad de abejas que hay. “Podría haberles puesto otra alza, una de las pequeñas”-Piensa. Les envía una buena humarada solo por sacar otro cuadro y darse el gusto de ver los cuadros rellenos de miel, en espera de la castra. Espera a que se retiren las abejas un poco para repetir la operación de separar el cuadro y examinarlo. Más extraño todavía, de repente las abejas –todas- desaparecen en el interior de la colmena, han dejado el alza superior totalmente vacía y Mateo las puede ver intentando apiñarse más aún en el fondo de la caja, prácticamente formando una masa sólida.

De improviso, el zumbido.

Si el murmullo ya era inusual, este ruido creado por miles de individuos totalmente sincronizados es algo que Mateo no había oído antes en sus más de cuarenta años de apicultor. Es como si hubiera una excavadora o un camión acelerando allí mismo. Totalmente ensordecedor, con un sonido agresivo y amenazante. Las abejas desde el fondo de la caja zumban en un tono monótono y grave, transmitiendo una energía que hace vibrar el suelo.

Apenas puede pensar con claridad, el sonido vibrante le bloquea el entendimiento. El viejo apicultor, que se jactaba con sus amigos del Hogar del Jubilado y con sus nietos que a veces va solamente con careta y sin guantes a ver a sus colmenas, tiene miedo. El ruido sordo y sólido se instala en sus oídos apartando cualquier otra cosa de su cabeza y solo acierta a colocar la tapa de la colmena apresuradamente y alejarse del colmenar.

Ni una abeja ha intentado picarle ni siquiera merodear a su alrededor, lo que le inquieta más todavía. Normalmente cuando uno va al colmenar hay una decena o más de abejas que a pesar del humo y de los cuidados que se tengan, identifican al intruso como agresor y se lanzan al ataque, aún cuando el picotazo significa la propia sentencia de muerte del animal; su aguijón se desprende junto con la mitad del sistema digestivo y se queda clavado en la piel del atacado, esta parte del cuerpo de la abeja brutalmente arrancada permanece aún viva y bombeando veneno mientras su dueña ya está muerta. Es la labor de las guardianas, su sino y su labor que cumplen con extraordinario celo, diseñadas para ser lo más persuasivas posible contra los grandes vertebrados que asaltan las colmenas para robarles la miel desde hace miles de años.

Mateo está ahora junto al coche, a cien metros del colmenar. No sabe lo que ha ocurrido. Está parado junto al vehículo, sin decidirse a quitarse el traje protector. Al final, medianamente confiado porque ya no oye a ninguna abeja, se despoja del blusón que le protege la cabeza, sombrero y guantes. Aún no lo sabe, pero ha sido el peor error de su vida de apicultor.

No las tiene todas consigo. No se oye nada. Incluso las chicharras se han quedado mudas. Mira alrededor observando a un bosque paralizado, más aún de lo esperable en plena canícula de finales de julio. Ni un ruido. Vuelve a tener miedo.

De repente, lo oye. Otra vez ese zumbido.



Asier maniobra torpemente con su monovolumen por el camino que sube al colmenar de Mateo. Maldice por tercera vez cuando unas zarzas rozan la carrocería. Por la estrecha calleja, también maldice a Mateo y a sus abejas, a su suegra y por extensión a todo el pueblo de su mujer.

Sabe que no es del todo justo. Le gusta el pueblo, le gusta la Vera, esa zona que desconocía y que a pesar de su latitud meridional y de su poca altitud sobre el nivel del mar, apareció ante sus ojos como un auténtico vergel. Todavía recuerda la primera vez que visitó la zona, la gran sorpresa que supuso el descubrimiento de la riqueza del agua en toda la comarca, el gusto de bañarse en las pozas de los ríos, charcos de las gargantas según los términos locales. Llevan pasando las vacaciones aquí desde que conoció a Ana. A veces incluso fantasean con dejar los trabajos de Madrid y venirse a vivir al pueblo, a trabajar de lo que sea; nunca pasa de una bonita fantasía, el miedo a la incertidumbre pesa mucho. No es fácil con la crisis que está golpeando sin piedad a todos los sectores abandonar las dos nóminas de funcionarios para llegar a aquí y poner un comercio o algo parecido, confiando en seguir manteniendo el nivel de vida.

Asier piensa que le fastidia el encargo sobre todo porque después de tomar vinos por la plaza con los amigos y primos de Ana, convendría más echarse un rato que andar conduciendo.

Le han enviado tanto su suegra como su mujer a buscar a Mateo, porque debería haber bajado a comer y es ya la hora de la siesta y no se sabe nada de él. “También es mi hora de la siesta” piensa Asier, cada vez más cabreado. “¿y por qué tengo que subir yo con mi coche por la puta calleja ésta a buscar a un tío de Ana?”. No lo reconoce ni siquiera ahora que está solo, pero las abejas le dan un miedo terrible. Nunca le han gustado y a regañadientes han subido alguna vez al colmenar para que su hijo vea el oficio que fue del abuelo Paco y ahora del tío Mateo, una vez fallecido el primero. “No pasa nada, no pican si no las asustas”. La típica frase que él calladamente responde pensando: “Sí, no te pasa nada a ti, no te jode”.

Por fin llega. Sin bajarse del coche, con las ventanillas subidas y con el aire acondicionado a tope, se acerca al desvencijado Lada Niva del año ochenta de Mateo, que también lo heredó de su hermano junto con la explotación apícola. Se para a veinte metros. Contento de encontrarle aquí –la segunda opción era ir a buscarle al sandial, en una finca de la Vega del Rincón, más lejos aún del pueblo y del sofá- espera un poco, sin intención ninguna de bajarse del coche. A unos cien metros distingue la alineación irregular de las colmenas, una sucesión de cajas rectangulares blancas que a él le parecen siniestramente amenazadoras, llenos de criaturas peligrosas y malignas.

No ve a Mateo entre las colmenas, y al no verle tampoco en el coche, no se le ocurre dónde puede estar. Por lo poco que sabe del oficio de colmenero, no debería estar muy lejos de ninguno de esos dos sitios. Se acerca hasta ponerse justo detrás del viejo vehículo y se da cuenta de que la puerta del copiloto está abierta, un detalle del que no se había percatado porque el ángulo de visión anterior no lo favorecía. Ahora se fija más y ve el ahumador tirado en el suelo, humeando. Eso ya sí que es extraño del todo, no le cuadra que alguien de campo como Mateo deje ese artilugio que tiene en su interior hojas secas en combustión abandonado entre el pasto, con la sequedad que este verano arrastra, con advertencias continuas del ayuntamiento por el peligro de incendios.

Con un negro presentimiento, da un poco marcha atrás girando a tope para obtener otro ángulo y lo que ve le hiela la sangre. Distingue el bulto de un cuerpo tendido cerca del Niva. Está derrotado en la cuneta que hay en el lado de la puerta entreabierta del acompañante del conductor.

Casi sin pensar ya en las abejas, sale del coche y se acerca a Mateo, o lo que antes fue Mateo. Está tirado boca abajo, en una postura fetal envolviendo la cabeza con las manos. Aterrado, Asier se agacha y le gira el cuerpo para verle la cara. Lo que ve no lo olvidará en su vida. El viejo tiene la cara, el cuello y las manos acribillados por cientos de picotazos, aún con los aguijones clavados en la piel. Su piel tiene un color azul siniestro. La cara está deformada por la hinchazón y el miedo, porque es miedo lo que ve en los ojos del viejo, paralizados por una muerte atroz.

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